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jueves, 28 de agosto de 2014

El goce de los celos

Luciano Lutereau (*)
En psicoanálisis se distinguen distintos tipos de celos. Por un lado, cabe considerar los celos que Freud llama “de competencia”, cuyo fundamento suele ser algún duelo, esto es, la pérdida de un objeto de amor, asociado a la herida narcisista que implica esta última. En resumidas cuentas, el yo no acepta dejar de ser amado. Y el trasfondo de esta dificultad radica en una posición infantil referida al complejo de Edipo y el complejo fraterno: el rival actual encarna la figura del hermano (real o imaginario) que, en la infancia, habría desplazado al yo respecto del amor exclusivo de la madre. Una inferencia puede desprenderse de esta actitud: el otro ocupaba entonces un lugar específico para el deseo, vale decir, la madre respecto de la cual el sujeto se ubicaba como objeto. Por lo tanto, este duelo actualiza una posición que remite a la demanda de ser amado de la cual todo neurótico debería aprender a deshacerse (o, al menos, no padecer) en un análisis.

Ahora bien, una segunda inflexión del planteo freudiano es de particular importancia en la descripción de los celos: “En el hombre, además del dolor por la mujer amada y el odio hacia los rivales, adquiere eficacia de refuerzo también un duelo por el hombre al que se ama inconscientemente y un odio hacia la mujer como rival frente a aquel”.
En este punto, podría pensarse que Freud está introduciendo el paradigma de la homosexualidad latente (que, a su vez, sería el centro de la noción de los celos paranoicos); no obstante, ese “duelo por un hombre” cuyo correlato es la rivalidad con la mujer implica (como afirma a continuación) “trasladarse inconscientemente a la posición de la mujer infiel”, es decir, suponer un goce de la mujer al que el hombre quisiera acceder (y lo hace, a través de la fantasía de cómo goza ella).
Esta ardiente suposición está siempre presente en las expresiones con que se comunican los celos: “No puedo dejar de hacerme la cabeza”, “Seguro que ella debe estar gozando mientras...”. De este modo, los celos ofrecen una segunda coordenada, además del enquistamiento en la demanda narcisista: un interés en un goce supuesto, y con una consistencia plena y atormentadora para el celoso.
Asimismo, esta indicación autoriza a plantear la pregunta por los celos en las mujeres, ya que en la afirmación anterior Freud afirma la cuestión para los hombres. No obstante, antes que plantear la cuestión en términos de “género”, podría decirse que Freud deslinda una forma de interrogar el goce que se le supone a La Mujer (cuya existencia se fantasea) desde la perspectiva fálica, esto es, un goce que no estaría afectado por la castración; por lo tanto, no sería extraño (y, de hecho no lo es, especialmente en la histeria, que organiza su sufrimiento en función de la Otra) encontrar mujeres que también fantaseen con el goce de las amantes de sus parejas.
Por último, debería reconocerse que los celos histerizan al hombre, más allá de todas las infatuaciones de un hombre celoso. Por eso, suele ocurrir que esta posición no produzca efectos de seducción en una mujer. Como respuesta a su deseo celoso, un hombre podría intentar celar a una mujer y pavonearse con otra mujer frente a su amada. ¿Por qué en estos casos los efectos suelen ser más bien estrepitosos? Ocurre que el recurso a una posición de objeto es una actitud que en el hombre siempre se asocia con alguna ridiculez, dado que desde este punto de vista el hombre se disputa con la mujer el lugar de causa del deseo (como si ser deseado fuera lo mismo que causar un deseo).
Producir celos puede ser una estrategia de seducción femenina, mientras que para el hombre es un fracaso anticipado.
(*) Psicoanalista. Lic. en Psicología y Filosofía por la UBA. Magíster en Psicoanálisis por la misma Universidad, donde trabaja como docente e investigador. Es también profesor Adjunto de Psicopatología en Uces. Autor de varias publicaciones, entre ellas libros: “Celos y envidia. Dos pasiones del ser hablante” (2013) y “La verdad del amo” (2014).

lunes, 12 de mayo de 2014

NASRUDIM

de la autoestima al egoìsmo
NARUDÍM

JORGE BUCAY

Llegar a un lugar donde hay gente que yo no conozco y tiene la bondad de decirme que me conocen, es para mí una experiencia fantástica, absolutamente desbordante.
Por eso, primero que nada, muchas gracias por estar aquí.
Porque si yo tuviera que elegir, jamás usaría un sábado en la mañana para escuchar una charla de Bucay; así que les agradezco a ustedes haber hecho esta elección.
Habitualmente, cuando me siento frente al público que se reúne para escuchar las cosas que intento mostrar, elijo algún cuento que ilustre esa situación.
Éste, que recuerdo hoy, es un cuento sufí.
Los sufíes se constituyeron en una corriente mística -que nosotros conocemos más como la filosofía de los derviches- que utilizaba la parábola y el cuento para transmitir sabiduría, como casi todos los pueblos místicos de la historia.

El protagonista de las historias sufíes es siempre el mismo, se llama Nasrudím y es un personaje muy particular.
A veces es un viejo decrépito, a veces es un joven; otras, un sabio; otras, un torpe, un tonto.
También aparece como un hombre adinerado, o como un mendigo. Y siempre se llama Nasrudím.
Que esos personajes tan distintos tengan el mismo nombre quizá sirva para mostrar que nosotros somos, también, cada uno de esos personajes. O, tal vez, que tenemos la capacidad de ser de diferentes maneras: a veces sabios, a veces tontos, a veces jóvenes, a veces decrépitos.
Específicamente en esta historia, Nasrudím es un hombre que, por alguna razón que no se sabe, ha cosechado fama de ser lo que entre los sufíes se denomina "un iluminado", esto es, alguien que ha logrado un cierto conocimiento sobre cuestiones importantes y trascendentes para otros.
La fama que tiene Nasrudím es absolutamente falsa. Porque él sabe que, en realidad, no sabe nada; que todo lo que los demás suponen que él sabe es sólo una creencia.
Está convencido de que lo único que él ha hecho es viajar y escuchar; pero que, con certeza, no tiene grandes cosas para decir.
Y, sin embargo, cada vez que llega a una ciudad o a un pueblo, la gente se reúne para escuchar su palabra creyendo que tiene cosas importantes que decir.
El cuento empieza cuando Nasrudím llega a un pequeño pueblo en algún lugar de Medio Oriente. Era la primera vez que estaba en ese pueblo y una multitud se había reunido en un auditorio para escucharlo. Nasrudím, que en verdad no sabía qué decir, porque él sabía que nada sabía, se propuso improvisar algo. Entró muy seguro y se paró frente a la gente. Abrió las manos y dijo:
Supongo que si ustedes están aquí, ya sabrán que es lo que yo tengo para decirles. La gente dijo:
No... ¿Qué es lo que tienes para decirnos? No lo sabemos. ¡Háblanos!
Nasrudím contestó:
Si ustedes vinieron hasta aquí sin saber qué es lo que yo vengo a decirles, entonces no están preparados para escucharlo.
Dicho esto, se levantó y se fue.
La gente se quedó sorprendida. Todos habían venido esa mañana para escucharlo y el hombre se iba simplemente diciéndoles eso. Habría sido un fracaso total si no fuera porque uno de los presentes -nunca falta uno- mientras Nasrudím se alejaba, dijo en voz alta:
¡Qué inteligente!
Y como siempre sucede, cuando uno no entiende nada y otro dice "¡qué inteligente!" para no sentirse un idiota uno repite:
"¡Sí, claro, qué inteligente! ".Y entonces, todos empezaron a repetir:
¡Qué inteligente!
¡Qué inteligente!
Hasta que uno añadió:
Sí, qué inteligente, pero... qué breve. Y otro agregó:
Tiene la brevedad y la síntesis de los sabios. Porque tiene razón. ¿Cómo nosotros vamos a venir acá sin siquiera saber qué venimos a escuchar? Qué estúpidos hemos sido. Hemos perdido una oportunidad maravillosa. Qué iluminación, qué sabiduría. Vamos a pedirle a este hombre que dé una segunda conferencia.
Entonces fueron a ver a Nasrudím. La gente había quedado tan asombrada con lo que había pasado en la primera reunión, que algunos habían empezado a decir que el conocimiento de él era demasiado para reunirlo en una sola conferencia.
Nasrudím dijo:
No, es justo al revés, están equivocados. Mi conocimiento apenas alcanza para una conferencia. Jamás podría dar dos.
La gente dijo:
¡Qué humilde!
Y cuanto más insistía Nasrudím en que no tenía nada para decir, más insistía la gente en que querían escucharlo otra vez.
Finalmente, después de mucho empeño, Nasrudím accedió a dar una segunda conferencia.
Al día siguiente, el supuesto iluminado regresó al lugar de reunión, donde había más gente aún, pues todos sabían del éxito de la conferencia del día anterior. Nasrudím se paró frente al público e insistió en su técnica:
Supongo que ustedes ya sabrán qué he venido a decirles.
La gente estaba avisada para cuidarse de no ofender al maestro con la infantil respuesta de la anterior conferencia; así que todos dijeron:
Sí, claro, por supuesto que lo sabemos. Por eso hemos venido.
Nasrudím bajó la cabeza y añadió:
Bueno, si todos ya saben qué es lo que vengo a decirles, yo no veo la necesidad de repetir.
Se levantó y se volvió a ir.
La gente se quedó estupefacta; porque aunque ahora habían dicho otra cosa, el resultado había sido exactamente el mismo. Hasta que alguien, otro alguien, gritó:
¡Brillante!
Y cuando todos oyeron que alguien había dicho "¡brillante!", el resto comenzó a decir:
¡Sí, claro, éste es el complemento de la sabiduría de la conferencia de ayer!
¡Qué maravilloso!
¡Qué espectacular!
¡Qué sensacional, qué bárbaro! Hasta que alguien dijo:
Sí, pero... mucha brevedad.
Es cierto -se quejó otro.
Capacidad de síntesis -justificó un tercero. Y enseguida se oyó:
Queremos más, queremos escucharlo más. ¡Queremos que este hombre nos dé más de su sabiduría!
Entonces, una delegación de los notables fue a ver a Nasrudím para pedirle que diera una tercera y definitiva conferencia. Nasrudím dijo que no, que de ninguna manera; que él no tenía conocimientos para dar tres conferencias y que, además, ya tenía que regresar a su ciudad.
La gente le imploró, le suplicó, le pidió una y otra vez; por sus ancestros, por su progenie, por todos los santos, por lo que fuera. Aquella persistencia lo persuadió y, finalmente, Nasrudím aceptó temblando dar la tercera y definitiva conferencia.
Por tercera vez se paró frente al público, que ya eran multitudes, y les dijo:
Supongo que ustedes ya sabrán qué he venido yo a decirles.
Esta vez, la gente se había puesto de acuerdo: sólo el intendente del poblado contestaría. El hombre de primera fila dijo:
Algunos sí y otros no.
En ese momento, un largo silencio estremeció al auditorio. Todos, incluso los jóvenes, siguieron a Nasrudím con la mirada.
Entonces, el maestro respondió:
En ese caso, los que saben... cuéntenles a los que no saben. Se levantó y se fue.


J. B.: Me acuerdo de esta historia por dos o tres razones importantes. La primera, porque yo seguramente no sé lo que algunos de ustedes creen que sé. La segunda, porque aquel Jorge Bucay que algunos de ustedes conocen a través de mis libros, es una síntesis de las pocas cosas que he cosechado de otros, y que escribí solamente en aquellos mejores momentos de mi vida, que, de hecho, son los únicos momentos en los cuales yo puedo escribir. Porque yo no soy un escritor, así que, para escribir, necesito estar en uno de esos momentos. Y la tercera razón por la cual me acuerdo de este cuento, es porque el tema que vamos a tratar hoy seguramente comprende aspectos que algunos conocen y otros no.