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miércoles, 2 de septiembre de 2015

Locos, gauchos y bárbaros

 Locos, gauchos y bárbaros



Fuente: Abraham Haber. Clarín Cultura y Nación, 21 de septiembre de 1972.
Según Michel Foucault, el publicitado autor de Las Palabras y Las Cosas, la ciencia de cada época se basa sobre un sistema inconsciente de saber que podemos denominar el a priori histórico del conocimiento, y también episteme. Pero a su vez las etapas históricas de la cultura occidental suponen una estructura de escisión, una estructura dividida en dos regiones, una región de inclusión y otra de exclusión. En la región de inclusión se encuentra todo el saber que la episteme de cada época permite y posibilita, mientras que en la región de exclusión se halla todo lo que la episteme rechaza.
Foucault analiza en forma muy especial en su Historia de la Locura en la Época Clásica la episteme que subyace en la ciencia de la psiquiatría y la estructura de inclusión-exclusión que implica. Para comprenderlo a fondo es necesario olvidarse de todos los conceptos conocidos sobre la locura, puesto que han sido formados dentro de las epistemes cuya crítica se realiza. (…) En el Renacimiento, normalidad y locura todavía están en comunicación, la locura es un saber. (…) La época clásica, y gran parte del siglo XV, XVII y casi todo el siglo XVIII, impone el silencio a la voz de la locura. Es una época que traza una estructura de inclusión-exclusión entre el trabajo y la ociosidad. Se adjudica valor moral al trabajo, y no solamente en los países donde la reforma religiosa había prendido. En toda Europa se observa esa actitud. La sociedad fundada sobre el comercio y la industria excomulga al ocioso. En el siglo XVI aparecen decretos que ordenan el arresto de los mendigos y el trabajo obligatorio. Los impelen a abandonar la ciudad. En 1656 se crea el Hospital General de París. En 1657 los arqueros del hospital salen a la caza de mendigos y los recluyen. Con ellos son encerrados los locos. El encierro adquiere un significado; se trata de una institución que castiga una amoralidad, no trabajar.
El gran encierro como lo denomina Foucault, coinciden el tiempo con las Meditaciones Metafísicas de Descartes, donde se trazó la estructura que opone la razón a la sinrazón. Para la época, la locura aparece como la forma empírica de la sinrazón. En el Hospital General, los locos conviven en reclusión con licenciosos, padres disipadores, hijos pródigos, blasfemos, hombres que buscan destruirse, libertinos. Es así como la época clásica, dice Foucault, dibuja “a través de tanteas confrontaciones y extrañas complicidades, el perfil de su propia experiencia de la sinrazón”.
A partir del gran encierro, la sinrazón ya no tiene lenguaje. Desde la zona privilegiada, la razón producirá su interpretación, de ella, condicionada por las distintas epistemes.
La zona de exclusión es posible porque hay zona de inclusión. Existe la sinrazón porque existe la razón. Lo incluido se afirma a sí mismo por la exclusión. Cuando la razón excluye a la sinrazón, creándola, no hace más que crearse a sí misma. A pesar de todo, en algunos momentos, la sinrazón ha hecho escuchar su voz. A través del marqués de Sade, de Goya, Nietzsche, de Van Gogh, de Antonin Artaud. Estas voces fascinan cada vez más a la humanidad. La sinrazón, la imaginación, el onirismo hacen sentir su presión cada vez más fuerte. Aparentemente la humanidad occidental marcha hacia la supresión de algunas estructuras de exclusión-inclusión.
Foucault se ampara en la filosofía de Nietzsche, y nos remite a El origen de la Tragedia. La cultura occidental se ha olvidado de la experiencia trágica anterior a la separación entre razón y sinrazón. Apolo habrá de mantenerse, pero Dionisos debe volver. Quizá la imaginación haga de mediadora para reconstruir una unidad más allá de la razón y de la sinrazón. La agitación estudiantil de 1968 en París tiene evidentemente causas sociales, políticas y económicas, pero no la entenderemos del todo bien si no la encuadramos dentro de este marco.
En la actualidad somos testigos de una forma bastante curiosa de la estructura inclusión-exclusión. Por propia voluntad, los hippies se excluyen a sí mismos. La reacción de los “incluidos” es bastante curiosa. Por un lado los persiguen y los maltratan. No les permiten elegir voluntariamente la forma de exclusión por otro lado, los “reincluyen” mediante la creación de artículos de consumo destinados a los “excluidos”.
En la República Argentina esa estructura siempre tuvo vigencia. La conquista y colonización fueron posibles gracias a ella. En este caso el gran perseguido fue el indio. En nuestro suelo la persecución recrudece en el siglo XIX y principios del XX. Pero el gran encierro del cual habla Foucault se convierte en el gran exterminio. Ya no se trata de encerrar sino de eliminar. Según Manuel Bilbao, durante la expedición al desierto, los soldados de Rosas tenían la recomendación de matar indias jóvenes para evitar la propagación de la raza. Había que matar vientres, según la jerga ganadera. La expedición de Roca continúa la limpieza. Y en este punto coinciden Rosas y Roca.
También el gaucho o aquel que fue llamado gaucho estuvo ubicado en la zona de exclusión. Un bando de 1736 castigaba con una marca de fuego en la espalda al gaucho que mataba ganado cimarrón sin permiso. El Cabildo solo otorgaba permiso a los vecinos privilegiados, a los ubicados en la zona de inclusión. En caso de reincidencia se le aplicaba la marca en la mano y a la tercera falta se lo ahorcaba. Con el surgimiento y desarrollo de las estancias fue desapareciendo el ganado cimarrón; el gaucho se vio obligado a trabajar como peón. Si no aceptaba esta situación y seguía matando reses era un cuatrero. Después de 1810 aquellos gauchos que habían preferido la vida independiente, fueron obligados a trabajar para las estancias o a servir en los ejércitos. A tal efecto fueron destinados los cuerpos de Blandengues, cuya misión consistía precisamente en perseguirlos. Originariamente habían sido creados para defender la campaña de los malones indios.
Rosas protegía en sus estancias a todo gaucho perseguido. Pero esta protección imponía a los hombres obligaciones de trabajo. El gaucho tenía que dedicarse a la ocupación del campo y vivir del fruto de sus labores. La ociosidad, la embriaguez y el robo eran castigados con severidad y además con el retiro de la protección, que equivalía a devolverlos al ejército o a las cárceles. Estos hechos tienen la virtud de recordarnos el relato que hace Foucault del gran encierro.
En 1630 el rey de Francia, reglamenta la aplicación de las leyes sobre los pobres. En el mismo año se publica una serie de órdenes e instrucciones donde “se recomienda perseguir a los mendigos y vagabundos, así como a todos aquellos que viven en la ociosidad y que no desean trabajar a cambio de salarios razonables o los que gastan en las tabernas todo lo que tienen”. Desocupados, vagabundos y locos son recluidos y se les obliga a trabajar. Según Foucault no se trata de filantropía, sino de condenación a la ociosidad.
En forma paralela a lo que dice este autor sobre los locos, podemos afirmar: el nuevo destino del cuerpo de Blandengues en la historia de la sinrazón señala un momento decisivo, el momento en que el gaucho es percibido en el horizonte social de la pobreza, de la incapacidad de trabajar, de la imposibilidad de integrarse al grupo, el momento en que empieza a ser asimilado a los problemas de la ganadería y de la industria.
No hay duda posible. El indio y el gaucho fueron ubicados en el espacio de la exclusión, en el espacio de la sinrazón y, como el loco, no tuvieron voz… La poesía gauchesca no puede ser tomada como tal. Así como en el psicoanálisis la palabra de la sinrazón es filtrada y reinterpretada a través de la reja construida por el saber de la inclusión, en la poesía y la novela gauchesca la voz es filtrada y reinterpretada por el saber oficial.
En nuestra obra maestra, el Martín Fierro, funciona la reja de la inclusión pero en ciertos pasajes baja la guardia y la voz del excluido se escucha con ciertas deformaciones. El viejo Vizcacha es la voz de la zona excluida, pero como está visto a través de una subjetividad cargada de ética oficial, aparece bajo una faz negativa, como una conducta corrompida. Pero en determinado momento el autor y también el lector se ponen del lado del fugitivo en contra de la partida. Sin embargo, si se analiza bien el poema, se notará que siempre prevalece la ética originaria en la zona de inclusión.
La estructura inclusión-exclusión se hace muy visible en el Facundo, de Sarmiento. “Civilización y Barbarie”. Sin embargo, Sarmiento no puede evitar que Quiroga adquiera a través de su libro caracteres legendarios y junto con el gaucho malo, el rastreador, el baqueano y el cantor se constituyan en una de las imágenes más logradas de la litera nacional.
¿Será aventurado afirmar que una literatura auténtica en nuestro país y en América es aquella que no intente filtrar ni enmascarar la voz que viene desde las profundidades de las zonas excluidas?
¿Interpretamos correctamente a Facundo?, ¿es únicamente un bárbaro?, ¿o también el impulso telúrico que lo arrolla, lo estremece y lo convierte en una cuerda tensa por la pasión y la vid? ¿Cuál es el auténtico sentido de la figura literaria de Facundo dentro de nuestra problemática cultural?

Fuente: www.elhistoriador.com.ar

sábado, 6 de septiembre de 2014

PARA SABER QUIENES SOMOS 5

PARA SABER QUIÉNES SOMOS.

OBREROS

Vinieron, pues, los inmigrantes. Las fotografias de la época nos los muestran en el Hotel de Inmigrantes, sentados ante largas mesas, esperando para salir y desparramarse por los cuatro rumbos. Rusos con vastas barbas, italianos de amplios bigotazos, españoles pelsdos al rape... Entre otras cosas, serían la mano de obra barata y laboriosa para las industrias que emergían de la Política liberal, sustentada sobre la producción agrícola y ganadera enviada a Europa en cambio de las manufacturas y los combustibles que precisábamos.
Esas industrias argentinas -de la alimentación, del cuero, casi subproductos de la actividad agropecuaria- tenían una dimensión vrtualmente artesanal y una estructura familiar.
Hotel de los Inmigrantes


Pero los que en ellas trabajaban se diferenciaban netamente de los que ganaban la vida arrendando chacras o como auxiliares del comercio. Los obreros, casi todos extranjeros, veían un rostro muy distinto de ese país al que hablan llegado como quien llega a la otra orilla del río. Vivían en inquilinatos, no tenían ninguna protección frente a la arbitrariedad patronal, el sueño de la América les tardaba en llegar. Y sin embargo no resultó fácil a los anarquistas y socialistas infundirles una mínima solidaridad gremial. Fue una tarea larga y tempestuosa.



Le FORA, con sus tunantes dirigentes anarco-sindicalistas, llevó una lucha dura y violenta en la primera década del siglo. Se dividió y luego, bajo el gobierno de Yrigoyen, un sector entró a cooperar con las autoridades. El anarquismo, como ideología, fue diluyéndose, y sus últimas expresiones activas se esfumaron poco después del fusilamiento de Di Giovanni, en 1931. Los sectores netamente gremiales, generalmente socialistas, se limitaban a una tarea puramente sindical; pero ya por entonces los obreros industriales no eran extranjeros. Eran hijos de los inmigrantes, Y además, a partir de 1935, empezaron a integrarse con gente del interior: con los descendientes de los conquistadores y los gauchos, que iban bajando a Buenos Aires para participar del proceso acelerado de industrialización que se iba produciendo. Cuando en 1943 Perón intentó unificar a los sindicatos alrededor de una de las dos centrales obreras existentes, no hubo mayores dificultades: se metieron presos a algunos dirigentes y se empezaron a crear nuevos sindicatos, marginando a los tradicionales en casi todos los casos. Y de estos origenes salió un movimiento obrero que enorgullece al país.

Pero si los obreros de la década del 30 eran los hijos de los inmigrantes, también eran hijos de inmigrantes muchos hombres eminentes: políticos, profesionales, intelectuales. De alguna manera el sueño de Alberdi y de Sarmiento se babia cumplido: apellidos exóticos llenaban los registros más importantes del País. Y si aquella Argentina de 1875, que sufriera el impacto de la inmigración, no se realizó del modo que apuntaba, esta otra, la de los años '30 ó '40, no parecía demasiado mala.

Finalmente, la Argentina se habia desamericanizado, era el país más europeo de América latina; tenía una vasta clase media, producto de la fluidez social apareada por la inmigracián ; un nivel de vida razonablemente bueno, un sistema político relativamente estable, sostenido -es cierto- por el fraude electoral, pero compartido por todos los Partidos. Salvo este feo detalle, todo parecía andar de la mejor manera en esa Argentina de hace cuarenta años, todavía orgullosa de si misma, firme en una individnalidad nacional que le había permitido crear un idioma propio, distinto del español, una música propia, diferente de la latinoamericena, la mejor carne del mundo, el mejor trigo, una actitud frente a la vida singular y perfectamente identificada.

Y cuando estábamos en eso, recreándonos en la perfección alcanzada en esta olla que era la Argentina, formada par los aportes más diversos pero estructurada razonable y armónicamente, vino 1945. Y los argentinos advirtieron que no todo estaba tan bien como parecía. Entramos en una etapa que para unos fue una catástrofe, para otros algo muy semejante a la felicidad y para todos, sin duda, un cambio total.
Pero hay que decirlo desde ahora: como todo cambio total, éste que empezó en 1945 tuvo un definitivo y concreto signo político.

TEXTO DEL HISTORIADOR ARGENTINO FELIX LUNA.

jueves, 4 de septiembre de 2014

PARA SABER QUIENES SOMOS 4

PARA SABER QUIÉNES SOMOS.

LOS INMIGRANTES

Toda esta mezcla -indios y conquistadores, gauchos y doctores y tantos otros elementos- había producido, hacia el último tercio del sigla XIX, un proyecto de país bastante homogéneo, bastante individuado. Si nos imaginamos a la Argentina de 1875 (para fijar un año concreto) advertiremos que en ese momento ya estaban escritos algunos de las libros más influyentes e importantes de nuestra literatura: Facundo, Una excursión a los Indios Raquieles, Martín Fierro y El Matadero. En 1875 ya había concluido la última guerra exterior argentina, sus fronteras estaban virtualmente establecidas, su espacio interior ocupado en su totalidad, salvo las regiones de predominancia indigena, que tardarían muy poco en ser incorporadas al territorio útil. Se habían formado partidos politicos relativamente orgánicos y los dirigían un par de docenas de hombres con auténtica gravitación nacional. Habia comenzado la explotación racional del agro y ya se habá exportado trigo. Y crecía un movimiento industrialista en los sectores dirigentes de Buenos Aires, que luchaba por crear una conciencia de protección a las fábricas locales Y machacaba sobre la necesidsd de no aceptar un destino colectivo puramente rural.

En este hipotético año 1875, cuando cualquier observador podía pensar que en este país se daban todos los elementos necesarios para que creciera y se desarrollara según tales bases, empiezan a llegar las prineras camadas masivas de inmigrantes. Y esta circunstancia, que en años anteriores se repite en progresión geométrica, cambia la faz argentina. Le da otro sello al nuevo País.

Las hombres que dirigieron a la Argentina a partir de la caída de Rosas soñaron con poblar nuestro territorio con inmigrantes europeos. En eso no diferían Urquiza y Mitre, la Confederación y Buenos Aires. Alberdi se ilusionaba con llenar la Pampa de ingleses; Sarmiento prefería italianos y franceses.

Pero todos afirmaban que era indispensable un gran aporte europeo. Para hacer del territorio vacio un valor económico; Para trocar los rudos hábitos de la barbarie en usos urbanos y civilizados; para borrar la impronta hispánica; para desamericanizar a la Argentina y convertirla en una versión más feliz de la vieja Europa. Cada cual tenía un motivo personal, pero todos tendían a lo mismo: que vinieran muchos inmigrantes y nos enseñaran a trabajar, a respetar las instituciones, a ahorrar, a manejar máquinas, a vivir mejor.

Lo cierto es que las primeras inmigraciones, promovidas o alentadas por el Estado, dieron resultadas bastante diferentes a los previstos. En primer lagar, porque los "gringos" que llegaron no sabían trabajar la tierra en absoluto: en las primeras colonias instaladas en Santa Fe hubo que enseñarles a ordeñar, a sembrar, a atar el caballo al sulky. Además, porque en muchos cssas se trataba de verdaderas estafas a los colonos: se les entregaban suertes de tierra muy diferentes a las prometidas. Se echaba a los pobladores criollos -que podian ser perezosos pero que al menos conocían las trabajos de campo- para entregar sus tierras a suizos o italianos apampados, inútiles.

Estas experiencias negativas no arredraron a los dirigentes del país. Se sancionaron leyes privilegiando a los inmigrantes, se organizaron oficinas en Europa para reclutar colonos, se mejoraron las técnicas de colonización. Y como en esos años habia una crisis persistente en Europa, los inmigrantes empezaron a llegar, no ingleses como soñaba Alberdi ni franceses como preveía Sarmiento: gallegos a rolete, genoveses, Piamonteses. Más tarde vendrían los sicilianos y calabreses, los polacos y ucranianos, los judíos y los turcos. En veinte años la Argenina modificó su imagen, su tipo étnico, su habla popular, su indumentaria, sus hábitos alimentarios. En 1890 tenía Buenos Aires más de la mitad de la población extranjera. Y si un buen número de inmigrantes había marchado al campo, más de la mitad había quedado prendida a la vida urbana en Buenos Aires y Rosario y en todo caso no mucho más allá de la pampa húmeda.

La cosa no había sido exactamente como la habían pensado sus promotores originarios. Sarmiento, hacia 1884, en los picos más altos de la oleada inmigratoria, sintió un furor chauvinista, un temor pánico por la invación de extranjería y le afloró un furioso antisemitismo. Él, que había sido el inventor de Civilización y Barbarie y a todo lo europeo le atribuía sin más la condición de civilizado!

Pero la cosa no podía pararse ya, todo estaba preparado en el país para que los inmigrantes signieran llegando. La Argentina era, para cualquier europeo, un El Dorado. "Vamos a La Plata,/ que allí se gana mucho /con poco trabajar": esta coplita ingenua se cantaba en España hacia1886. "Toma mate, toma mate / Que en el Río de la Plata / no se toma chocolate". ¡Ah, gallegas de mi infancia ¡Avelina Varela, Amparo Novoa, Remedios Yáñez, Presentación Arnedo Jiménez, Jesusa Candosat ¡Todas cantaban canciones que habían traído de sus remotas juventudes galaicas, y en esas canciones latía la esperanza de una Argentina dorada, ubérrima, un país de sueño donde el trabajo se pagaba bien y la vida podía ser más feliz.

TEXTO DEL HISTORIADOR ARGENTINO FELIX LUNA.

jueves, 28 de agosto de 2014

PARA SABER QUIENES SOMOS 3

GAUCHOS

Curiosa la evolución del significado de la palabra gaucho. Empezó como una palabra despectiva y generalmente se reforzaba sn sentido con el aditamento de un calificativo: gaucho pícaro, gaucho ladrón, gaucha malo... Después la palabra simbolizó todo un arquetipo humano Y hasta se convirtió en raíz de algo que significa camaradería, solidaridad: gauchada. Pero aún hoy, en las provincias del noroeste, la palabra gaucho es reticente; y decir de una mujer que es una gaucha, una gauchona, indica torpeza, chabacanería.
Esta ambigüedad semántica no es más que un reflejo de la ambigüedad esencial del personaje conocido como "gaucho".No se sabe el origen de esta voz: unos dicen que viene de guacao; otros, que de gauderio. lo único cierto es que la palabreja parece ser oriunda de Montevideo y su campaña, hacia la mitad del siglo XVIII. Pero es que el gaucho mismo era un personaje indefinible.

Desde luego era un habitante de la pampa. Pero, ¿era un habitante arraigado, en un lugar fijo? Parece que no. El gaucho seria el especialista en ciertas labores camperas muy rudas y en consecuencia iría alquilando sus habilidades en diferentes estancias, al ritmo de las exigencias cíclicas rurales. De ahí su carácter itinerante, el romanticismo de su figura -siempre yendo y viniendo-, su vocación por la libertad, su individualismo, su carencia de patrones.

Para otros el origen del gaucho reside en la ilegitimidad de las uniones entre españoles e indias. De aquí su carácter marginal, su resentimiento, su conducción flotante entre el habitante urbano y los indios que estaban al otro lado de la frontera.

Sea como fuere, el gancho es un actor real ya desde comienzos del siglo XVII. Y aun antes: la expedición de Cevallos contra la Colonia del Sacramento es acompañada por gauchos y cantada en lenguaje gauchesco. Pero ser actor no quiere decir ser protagonista. Y lo cierto es que el gaucho, como sector, no maneja ningún proceso. Siempre será carne de cañón. En una sola oportunidad se convierte en animador de un hecho histórico: cuando la Revolución de los Restauradores, un episodio que pertenece casi a la picaresca política. Antes y después, el gaucho, el paisanaje, será simplemente el espectador pasivo de acontecimientos que hacen a su destino, pero en los cuales su incidencia es nula. Solamente en dos regiones del antiguo virreinato el paisanaje tendrá una actitud de participación en la guerra de la Independencia: en la Banda oriental, donde Artigas convierte a cada gaucho en un soldado centra los portugueses; y en Salta, donde Güemes hace que cada gaucho sea un soldado contra los españoles. Pero Artigas y Güemes hacen este milagro sin presiones ni compulsiones. Los gauchos salteñas y las gauchos orientales pelearán porque sienten como una convicción individual la necesidad de la pelea. En otros paisajes y en otros momentos históricos los gauchos pelearán también en Mendosa, formando el Ejército de los Andes; en la guerra con el Brasil; en la guerra contra el indio, pero lo harán parque son obligados a ello.

Por eso, terminado el proceso de la Independencia y las guerras civiles, el final lógico del gaucho es el que describe el Martin Fierro. Si el gaucho Fierro fue primero arreado a los atrios para votar por el gobierno, después será arreado a los cantones para luchar contra el indio. Y terminará como peón de estancia, una vez que el campo quedó alambrado y su destreza campera dejó de ser "una junción" para convertirse en un oficio.

Claro que el gaucho está terminado; es inútil que intenten resucitarlo en concierto a anacrónicos propósitos nacionalistas. Pero también este ejemplar ecuestre, misterioso, de origen ignorado y destino final desdichado, ha dejado algunos imponderables que forman parte del ser nacional. Hay un cierto fatalismo que era propio del gaucho y se ha transmitido -muchas veces careado de contenidos negativos- al espíritu de la comunidad ; fatalismo que lleva a ser escéptico, a descreer en las soluciones que la propia comunidad puede ir elaborando, a desconfiar de los gobiernos y resistir sordamente a toda autoridad partiendo de la tácita base de ver en toda autoridad una injusticia. También viene de ese origen la lealtad a los personalismos que foman parte indisoluble de nuestra historia política: cuando un paisano decía que era "hombre de Fulano" para indicar su filiación política, estaba dándose una categoría, pero, ante todo, mostraba una lealtad individual. Cuando murió Adolfo Alsina, uno de sus guardaespaldas se suicidó: no podía soportar la ausencia de su jefe. Esta lealtad, cuyas manifestaciones patológicas lindan con una homosexualidad larvada, ha sido descripta magníficamente por Samuel Eichelbaum en Un Guapo del 900 y forma una larga corriente en nuestra historia. Pero para entenderla hay que entender primero lo que es y significa un caudillo.

Los hombres que hicieron el País a partir de 1860 creían que el caudillismo, el personalismo, era una excrecencia enfermiza de nuestra política Y atribuían este déficit a la herencia hispánica. No comprendían que el caudillo -"el sindicato del gaucho", como diría Arturo Jauretch- era ante todo el representante del paisano, su voz cantante, el vocero de lo que el paisanaje no podía decir. Aunque en los hechos no fuera así, esaoera la que el caudillo parecía ser. Y esto bastaba. Cuando el socialismo apareció en el espectro político argentino, sus dirigentes se jactaron de despreciar a la "Política criolla". Y dentro de la política criolla incluían al caudillismo: los socialistas querían una política aséptica, impersonal, desinfectada. No advertían que el caudillo, estuviera en el partido que estuviera, era una de las pocas defensas que tenía el ciudadano, es decir, el descendiente del gaucho o del inmigrante.

Pero no fueron solamente estos elementos espirituales los que constituyeran la herencia del gaucha. Hubo una cultura marginal construida laboriosamente por el gaucho: modos de hablar, tradiciones, artesanías, formas de vida y de juego, competencias, indumentarias, especies musicales trasvasadas de España pero que adquirieran, en el mareo de la Pampa, una cadencia intransferible. Todo eso pasó también en cuanto creación auténtica; pero en la medida que su recuerdo -o su estilización- subsista, hay un aporte que enriquece toda una vertiente del alma nacional. Y aunque pocas casas resulten tan desagradables como el falso gauchismo o la explotación que suele hacerse de la tradición campera, lo cierto es que basta asomarse al rostro rural de la Argentina para advertir que los elementos sobrevivientes san reales, nobles, incluso para resistir su comercialización. Porque un Festival de Doma y Guitarra puede reunir a miles de personas para ver jinetear a unos profesionales; pero bajo la aptitud venal de esos paisanos late una cultura verdadera, forjada en un auténtico nivel popular.

Como en tantos otros casos, lo argentino está formado, también en este plano particular, por cosas muy bastardas y cosas muy respetables...

TEXTO DEL HISTORIADOR ARGENTINO FELIX LUNA.

lunes, 28 de julio de 2014

PARA SABER QUIÉNES SOMOS.

CRIOLLOS, COMERCIANTES, DOCTORES




Ahora suele bablarse de las rebeliones juveniles. ¿Qué rebelión más neta y concreta que la de los criollos alzados contra sus padres, a principios del siglo pasado? Los viajeros de aquellos años y los inmediatamente anteriores dan cuenta, invariablemente, de la sorda hostilidad que existía entre criollos y españoles: agravios reales o supuestos que alimentaban rencores muy semejantes a los que Brava de Rueda babía expresado en el Cabildo de Santiago del Estero con crudas palabras. Los marinos Ulloa y Jorge Juan, enviados por Carlos IV para inspeccionar sus dominios, anotan, preocupados, ese sentimiento latente a lo largo de todo el continente americano.

Era lógico, sin embargo, que esa hostilidad creciera. Lo increíble es que el Estado español, muy eficiente en otros aspectos, no haya tenido la suficiente flexibilidad como para paliarla. Pero ciertamente existían muchas elementos que contribuían a exacerbar esa bostilidad.


El comercio, por ejemplo. El sistema de monopolio impuesto por España a sus dominios americanos no era malo: protegía a las débiles industrias locales de la competencia de los paises europeos, especialmente de Inglaterra, y a través de las filtraciones del contrabando permitía que satisfacieran las necesidades más urgentes de las poblaciones. (Por eso Buenos Aires nació y creció bajo el signo del contrabando y cada gobernador que llegaba aquí en los siglos XVI y XVII, después de anunciar enfáticamente que erradicaría el comercio ilícito, entraba tranquilamente en la trenza y se convertía en protector de los contrabandista)
Salvo estas filtraciones, el sistema económico español funcionaba pasablemente, con una condición: que España fuera capaz de abastecer a las Indias. Todo el mecanismo del sistema monopolista se basaba en esa premisa. La península ibérica debía ser el gran Proveedor de las Indias para crear, con éstas, una suerte de "mercado común" o, si se prefiere, un mercado autoabastecido. Y ésa fue la condición que no se dio.


España venia rezagada en la carrera de la industrialización y en el perfeccionamiento de sus hábitos comerciales. De modo que el abastecimiento de mercaderías a las Indias lo hicieron Inglaterra, Francia y los Paises Bajos, principalmente, a través de puertos españoles y con testaferros españoles. Las mercaderías pasaban por Sevilla y Cádiz y marchaban bacía las Indias; Pero su origen no era español. Del mismo modo, las divisas que pagaban estas provisiones -el oro y la plata de las minas americanas, transportadas celosamente en pesados galeones, pasaban por Cádiz o Sevilla y seguían tranquilamente hacia las oficinas de los capitalistas europeos, no españoles. No solamente se empobrecía España: en Londres, en Amsterdam y en Génova se iba concretando el proceso que permitiría a Inglaterra, a fines del siglo XVIIIi, montar una infraestructura industrial sobre la base de la fuerza del vapor y sobre la salud y la vida de millones de obreros.


De modo que en el último tercio del siglo XVIII los gobernantes españoles tuvieron que rectificar urgentemente el rumbo y abrir Parcialmente el comercio americano. El remedio, naturalmente, fue peor que la enfermedad. Los puertos americanos empezaron a llenarse de mercaderías inglesas: paños de toda clase, vajilla, aperos, todos aquellos bienes que reclamaba la incipiente clase media americana Y que España no estaba aún en condiciones de proveer. De allí al libre comercio, al liberalismo total, no había más que un paso. Y como la condición del liberalismo económico era la emancipación política, ningún espíritu lúcido de aquellos años pudo dudar de que el destino final de las colonias españolas en América sería, a largo plazo, el mismo de las trece colonias inglesas en América del Norte. Lo que no pudo preverse es que una combinación increible de sucesos políticos aceleraría el proceso emancipador en muy pocos años.
Esa combinación puede ser sintetizada así: Napoleón + decadencia de la familia real española + invasiones inglesas en Biienos Aires + levantamiento del pueblo español contra los franceses + ansiedad por un comercio libre. En realidad, los sucesos de Mayo de 1810 vinieron enfardados en las paquetes que los mercachifles ingleses depositaban en la aduana de Buenos Aires; y los comerciantes de Buenos Aires, muchos de ellos asociados a las casas comerciales de Cádiz, ya en decadencia, fueron los qie más entusiastamente pugnaron por concretar esa autonomía política que era el propósito del ansiado comercio libre.


Hay que señalar, de paso, la importancia historiográfica que tienen las excurciones comerciales de los mercaderes ingleses por el interior del país. Así como ahora los becarios yanquis andan curioseando por todos lados o investigando extrañísimos temas Para hacer su master, en esa época los ingleses, cargados de manufacturas y revestidos de una serie de extraterritariolidad, andaban por todo el país, anotaban la que veían y oían y luego lo publicaban. Las mejores descripciones de la Argentina en los primeros treinta años del siglo pasado provienen de esas fuentes; y curiosamente, San Martin nunca libró una batalla sin que, casualmente, no hubiera un inglés a su lado dispuesto a hacerle el correspondiente reportaje.


Pero en los elementos qie coincidirían en el objeto final de la emancipación hay que computar unos ejemplares que en los primeros años del siglo pasado empezaron a tener preponderancia en la sociedad colonial, en el mando de sus ideas, convicciones y expectativas: los doctores.


Las Indias no fueron, al principio, lugares receptivos para los letrados. Aqui se apreciaba más a un soldado que tuviera el arcabúz bien engrasado, que a un abogado que sólo venia a meter pleitos. En Buenos Aires, los pocos abogados que babía fueron expulsados Por lo menos una vez, en el siglo XVII. Además, los conquistadores y sus descendientes conocían bien las pocas leyes que usaban: quien más, quien menos podía manejar algunos latinajos y para pleitear por una encomienda de indios o unas fanegas de tierra no se precisaba mucha sabiduría.


Pero a fines del siglo XVIII las cosas empiezan a cambiar. El virreinato del Río de la Plata se convierte en una cosa más compleja, el comercio se activa y los litigios cunden. El máximo tribunal de justicia de estas tierras había estado radicado en el Alto Perú, en Charcas; con la instalación del virreinato se instala una Audiencia en Buenos Aires. Y ya se sabe: donde hay tribunal, abogados hay. Y si no hay se fabrican... La nueva clase media porteña empieza a fabricar abogados enviando a sus hijos a la Universidad de Chuquisaca, en el Alto Perú. Y allí, los muchachos porteños entran a tener contacto con un nuevo mundo de valores jurídicos y filosóficos.


Se ha discutido hasta el hartazgo si los abogados que participaron en la Revolución de Mayo -como Paso, Moreno, Belgrano o Castelli- estaban imbuidos de las ideas democráticas e igualitarias de la Revolución Francesa; o si en cambio no hacían más que dinamizar el viejo concepto español del derecho popular a retomar la soberanía vacante. En este momento no interesa tomar partido en la polémica -en la que, probablemente, las dos partes tienen la mitad de la razón- Pero si interesa señalar esto: la Revolución de Mayo tuvo fundamentos jurídicos y filosóficos. No fue un movimiento puramente político: se lo instrumentó en base a conceptos cargados de contenido filosófico y legal. Y aun después de instalado el primer gobierna patrio, sus integrantes, sobre todo Moreno, se preocuparon en alegar permanentemente los fundamentos racionales del movimiento.


¿Par qué es importante esto? Porque desde su origen se siente adscripto a una fundamentación legal. El argentino, aunque es un analfabeto, siente una intuitiva afección por el legalismo. Existe una reverencia ante la ley que se expresa de las maneras más diferentes en todos los niveles sociales, desde siempre. Y cuando se viola la ley, el sentimiento de culpa se expresa a través de una justificación de la tal violación. Par algo, cada vez que se derroca por la fuerza a un gobierno constitucional, la primera preocupación de los revolucionarios consiste en redactar una proclama que justifique el golpe.


Este sentimiento reverencial ante la ley es uno de las elementos más importantes -y menos señalados- de la vida argentina. Es, además, una de las apoyaturas más positivas de la vida colectiva; piénsese en el enorme significado que tiene la actitud mental de la gente frente a una elección, cuando tácitamente reconoce que aquel que ganó la mayaría de los votos está consagrado legalmente para gobernar. El legalismo de los argentinos es uno de los fundamentos más sólidos de la vida colectiva y ni siquiera las innumerables transgresiones que ha sufrido ha podido desvanecerla.


Y ese beneficio se lo debemos, originariamente al menos, a aquellos engolados doctores salidos de Chuquisaca y más tarde de Córdoba, que enseñaron a las argentinos la importancia del respeto por la ley. Frente al predominio de la fuerza, el otro término dialéctico del proceso histórico nacional, ese legalismo resulta una base duradera y fecunda.

TEXTO DEL HISTORIADOR ARGENTINO FELIX LUNA.

PARA SABER QUIÉNES SOMOS.

PARA SABER QUIÉNES SOMOS.

TEXTO DEL HISTORIADOR ARGENTINO FELIX LUNA.

¡Qué olla la Argentina! Toda clase de ingredientes bullen adentro: indios y españoles, italianos y judíos, criollos afincados y hornadas de inmigrantes... ¡Qué olla! Sarmiento se asombraba en sus últimos años ante ese enigma: "¿Argentinos? ¿Desde cuando y hasta donde? Bueno es que vayámoslo sabiendo”. 

Pero la pregunta que se formulaba en conflictos y armonías de las razas todavía no tiene respuesta. ¿Desde cuándo argentinos? ¿Hasta dónde argentinos?

De todos modos, la pregunta es una buena incitación a emprender la búsqueda de algunos de los elementos que componen este pueblo. Pueblo complejo y difícil, casi siempre lúcido en las cosas fundamentales, pero descontentadizo y rezongón, avaro de su confianza en sus dirigentes; este pueblo que el 11 de marzo (*) definirá su futuro por varios años. ¿De dónde viene este protagonista anónimo que ese día habrá de decidir su rumbo político?

NOTAS: (*) El Artículo fue publicado en la revista Gente el 15/02/1973, así que se está refiriendo a las elecciones que consagrarían como presidente a Héctor J. Cámpora, quien asumió el 25 de mayo de 1973
Las vertientes indias.

¡Viene de tantas vertientes! Por orden de aparición, primero es el indio. Pero acá hay que hacer varias salvedades. Porque en nuestro país el indio ha dejado huellas en los ojos y en la piel de los habitantes de algunas comarcas, pero no ha dejado marcas culturales profundas, como ocurre en Bolivia, Perú o México.

 En general, nuestros indios eran míseros, primitivos: apenas unas tribus nómadas en la pampa o islotes humanos más o menos sedentarios en el Norte y el Noroeste; y en el Litoral, clanes vinculados al orbe guaraní.

Es que el Incario extendió teóricamente su poder a la que hoy es el Norte argentino, pero no tuvo tiempo -o interés- en estructurar política y económicamente las poblaciones aborígenes de esa región, demasiado alejada del centro imperial. En La Rioja Y Catamarca quedan huellas del "Camino del Inca", en Tucumán y Jujuy restos de arcaicos "pucarás": pero el formidable experimento humano de los incas no tuvo vigencia aquí. De ellos, el aporte más importante es el idioma quechua (que no trajeron los indios sino los españoles) todavía usado en Santiago del Estero, que ha dejado en el habla de la región ese suave susurro silbado que seduce a los forasteros.

Otra aclaración indispensable: uno dice "los indios" como si se tratara de una misma raza. Naturalmente no era así. Entre los comechingones de Córdoba y los abipones del Chaco o los onas de Tierra del Fuego había tantas diferencias como puede haberlas hoy entre suecos y sicilianos, entre romanos y escoceses. Lo que ocurre es que resulta difícil imaginar semejantes variantes étnicas en pueblos cuya estereotipo ha quedado único para nosotros, sus remotos descendientes. Pero basta recitar algunos toponímicos para advertir que las diferencias partían desde el lenguaje. Dígase "Humahuaca", "Purmamarca", "Cochangasta", "Andalgalá" y después dígase "Caá-Guazú", "Yapeyú", "Curuzú-Cuatiá" o "Mandisoví". No hace falta más para advertir el mosaico lingüístico y étnico que formaron los primitivos pueblos indígenas en el actual territorio argentino.

Lo cierto es que los indios recibieron el impacto español y se adaptaron como pudieron a esa nueva realidad. En algunos casos pelearon brava y desesperadamente: los quilmes de Tucumán y Catamarca son un ejemplo de valor frente a los conquistadores. En otros casos, como el de las guaraníes, se sometieron y colaboraron de buen grado con sus conquistadores, al punto de prestarse a crear una curiosa organización social en las misiones establecidas por los jesuitas.

Otras veces los aborígenes se adaptaron gradualmente a formas de vida marginales, fronterizas, como las que se dieron al sur de Buenos Aires; los pampas adquirieran todos los vicios de los españoles y criollos, y con el correr del tiempo hasta sus enfermedades Y el gusto por el alcohol, el juego y la rapiña. En el Noroeste, los indios, más mansos y laboriosos, consiguieran sobrevivir en enclaves propios -los laguneros sanjuaninos y los pobladores de los valles riojanos y catamsrqueños- con su propia organización ancestral: en La Rioja todavía se recuerda el casa de aquel Salvador Aballay, mandón de los vichigastas, que se fue a pie a reclamar justicia a la Audiencia de Charcas porque su encomendero, don Febpe de Luna y Cárdenas, quería transferir su encomienda a un hijo natural. Cuando el indio le ganó el pleito, mi antepasado -dicen- murió de rabia... Los pobladores de esos enclaves serían, andando los siglos, los proveedores de material humano a las caudillos de las montoneras.

Me fascina pensar cómo seria la relación entre indios y españoles. ¿Cómo se sentirían los aborígenes, desplazados por esos seres incomprensibles y poderosos que eran sus conquistadores? En una de sus Crónicas Marcianas, relata Ray Bradbury la historia de unos chicos terráqueos instalados con sus padres en Marte, que querían ver marcianos. No los ven nunca porque los marcianas han muerto hace mucho tiempo; pero un día que los chicos se bañan en un río de Marte y sus rostros se reflejan en el agua, el padre les dice: "¿Ven? Aquí tienen a los marcianos..." Me pregunto en que momento las españoles se habrán dado cuenta que para ellos eran los indios, los habitantes auténticos de las Indias. 0 en qué momento las indios habrían advertido que habían dejado de ser los señores de la tierra para ser, apenas, servidores de sus invasores.

Pero hay que reconocer la siguiente: a fines del sÍglo XVIII, es decir, cuando ya empesaban a percibirse los síntomas del estallido de1810, la población indígena del actual territorio argentino estaba en un Statu Quo relativamente cómodo y pacífico. Descontando, claro, a los que estaban del otro lado de la frontera, con los que se mantenía un estado de desconfianza recíproca: las Pampas, los del Chaco, por ejemplo. El resto se babia integrado de manera bastante rasonable o subsistía en sus enclai:es, con sus propios mandones y sus propias tradiciones, sociales ylas religiosas, drásticamente sustituidas par el cristianismo.

TEXTO DEL HISTORIADOR ARGENTINO FELIX LUNA.

LOS CONQUISTADORES

Ese peón de campo, Juan Ramírez, achinado y charcón, desciende de Juan Ramírez de Velasco, fundador de La Rioja; ese bolichero que se llama Pedro Cabrera tiene en su sangre la sangre ilustre de Jerónimo Luis de Cabrera, de la casa de los marqueses de Cabra ; ese Toledo, changador de ferrocarril, tiene como antepasado a don Fernando de Toledo y Pimentel, primo en cuarto grado de Carlos V; aquel Bazán, camionero, podría jactarse de ser séptimo nieto de Juan Gregorio de Bazán, conquistador del Tucumán y fundador de Talavera de Esteca.

Esas son las cepas de los conquistadores. Apellidos sonoros y redondos que han quedado asociados a empresas hazañosas; sangres blasonadas con heráldicas luces de gules y azur, de sinople y oro. Hoy son el proletariado del interior del país y ni siquiera saben del lustre de sus linajes.

Los conquistadores eran los segundones de aquellas casas españolas: los hermanos segundos, que nada heredaban. Entre meterse a curas a venirse a América, optaron por lo segunda. Igual harían, a fines del siglo pasado, centenares de miles de españoles. Pero los de ahora eran gallegos, mientras que las delsiglo XVI y XVII eran extremeños, vascos y catalanes. Los dos golpes de inmigración española dejaron reputado el perfil de esta raza nuestra, tan mezclada, tan heterogénea, pero cuya esencia sigue siendo profundamente hispánica.

Aquellos españoles, los que vinieron a conquistar reinos y sólo encontraron desolaciones, tenían el genio vivo y áspero, defendían sus privilegios y sus localismos. Se hacían lenguas de sus hazañas, aunque éstas no lo fueran tanto. Un conquistador, Mateo Rozas de Oquendo, tuvo cierta vez un arranque de sinceridad -y a la vez de humorismo, virtud muy rara en esa época tan llena de formalidades- y contó lo que había sido, en realidad, la empresa de la fundación de La Rioja: "Una vez fui a Tcucumán / doblo del estandarte / y caminamos tres dias / fundamos una ciudad /si es ciudad cuatro casas / y mando al Gobernador / tuvo nombrados alcaldes / Juntámonos en cabildo /todos los capitulares y escribimos al virrey/ un pliego de disparates / Para pueblos y heredades /fuimos con mucho trabajo/ Para romper adelante / Que peleamos tres días / con veinte mil capayanes / salimos muhos heridos / ... en pago de este servicio / reclamábamos ezenciones / franquicias y libertades". Y después de semejantes exageraciones, viene la humorística confesión de Rozas de Oquendo: "Mas pues viene la cuaresma /Y tengo que confesarme / Yo restituyo la honra / a los pobres naturales/ Que ni ellos se defendieron/ ni dieron señales/ ...con muy buena voluntad/ partieron con nosotros/ de sus haciendas y lugares/ y no me dé Dios salud si se sacó onza de sangre."
Pera aunque en esas conquistas no se hubiera derramado una "onza de sangre" (lo cual no fue siempre así) la empresa no resultó fácil. Era tan diferente la realidad con que se topaban los conquistadores, que sólo el trabajo de entenderla y asumirla debió ser ciclópeo. Piénsese, por ejemplo, el valor que tendría para aquellos hombres una resma, una simple resma de papel; si se acababa el papel se terminaba la memoria de la comunidad, los libros donde se asentaban las reuniones del Cabildo, los registros de casamientos, nacimientos y muertes, las suplicantes cartas al rey: esas cartas llenas de súplicas y pedimentos -tal como recordaba Rozas de Oquendo- que llegarian a Madrid un año después de escritas y no serían contestadas jamás..., pero que contenían el testimonio de que en un lugar remoto de las Indias, un grupo de españoles y sus hijos continúan sintiéndose parte de ese enorme imperio donde nunca se ponía el sol. Imagínese el trabajo que babrá dado ponerie nombre a las cosas; a todas las cosas nuevas que iban apareciendo en estos paisajes ignotos, insólitas. Ponerle nombre a plantas y animales, a montañas y ríos, a ciudades y gobernaciones; Pues poner nombre a algo, bautizar, significa poseer, mandar, dirigir. Y estos conquistadores de sonoros apellidos, pobres como las ratas y codiciosos de poder y riqueza, tenían como primera misión ésta de cartografiar la tierra inédita que pisaban. Supongo que allí, en esa tarea, empezó a suavizarse el áspero idioma español, la suma de dialectos que camponian la lengua de las huestes. Allí empezaron a chocar el arrastrado tono extremeño y el broncíneo dejo castellano con las palabras indias; y en una misteriosa conjugación empezó a surgir la tonada cordobesa, el esdrújulo riojano, la síncopa correntina... Que es como decir: allí empezó a individualizarse el país argentino.

Pero esto de valerse a si mismo, en la enormidad de distancias que era por entonces la Argentina, trajo otra consecuencia muy concreta: el sentido federal de la futura estructuración nacional.

.Cuando se fundaba una ciudad, la primero que hacia el fundador era designar un Cabildo. Media docena o más de vecinos lo componían, distribuyéndose funciones perfectamente reglamentadas por las Leyes de Indias. De allí en adelante, todos los días1? de enero, indefectiblemente, los cabildantes salientes elegían a sus sucesores, quienes a su vez durarían un año. Y ese Cabildo era la autoridad suprema de la ciudad y su jurisdición. El Cabildo podía hacerlo todo: desde escribir al rey pasando por sobre sus "mandos naturales" -e1 gobernador, el virrey, la audiencia- hasta negarse a cumplir una orden superior, viniere de donde viniere. El Cabildo tenía a su cargo algo muy importante: el bien común. Y este término, que resucitó con aire beato y corporativo hace algunos años, tenía en la época de la Conquista un significado preclaro: el bien común era todo aquello que hacia a la tranquilidad, a la libertad, a la dignidad de la comunidad, una comunidad que no abarcaba solamente a los españoles y sus descendientes sino también a los indios, a los criollos pobres y a los negros. Y en nombre del bien común podía desacatarse una orden equivocada, podía dejarse de pagar un tributo o podía negarse ayuda militar a otra ciudad.

Esta potestad, enorme y fundamental, no fue usada con frecuencia, es cierto. Pero existía potenciaImente y afirmaba la conciencia local de las ciudades. Les demostraba que no eran un simple afincamiento entre los miles que contendría el imperío español sino una comunidad con aIma, que merecia pleno respeto. Y Que -a cambio de esto- tenía que arreglárselas como pudiera cuando las cosas apretaban. Por eiemplo cuando se venia un ataque de indios, una epidemia, una sequía.

Entonces los cabildos sacaban fuerzas de flaquezas Y adoptaban sns propios arbitrios. Aquí, en esa potestad y en esta omnipotencia local, radica el germen del federalismo argentino. Todas las comunidades con clara conciencia de pertenecer a una totalidad; pero todas, también, sintiéndose en pleno señorío de su jurisdicción.

Otra linea de consecuencias importantes deriva de la existencia de los cabildos creados por los conquistadores: el self govemment, ejercido de hecho por los criollos durante dos siglos, antes de ocurrir el movimiento de1810. Pues los cabildos estaban integrados, en su mayaría, por criollos descendientes de conquistadores. Pero criollos. Gente distinta de sus antepasados españoles: con otro porte, otro lenguaje, otros hábitos y otras ambiciones. Y allí, en las sedes capitulares, fueron librándose las batallas silenciosas, anónimas, que habrían de preceder a la gran batalla por la emancipación. Hay montones de documentos que acreditan esto. Está, par ejemplo, el caso de ese santiagueño, don José de Bravo de Rueda, que allá por marzo de 1789 salió de la reunión del Cabildo gritando -anota puntualmente el acta- que "se hacían muchas iniquidades y que sólo los hijos de España gobernaban estos parajes sin atender que las criollos y patricios eran más beneméritos y debían ser mucho más atendidos, pues tenían más reatad y amor a sus tierras por ser naturales de ellas". Y cuando "lo llamó el señor Alcalde con la mayor prudencia" -sigue anotando el acta- nuestro bravo le contestó redondamente "no quiero, vaya Vuestra Merced a la mierda".
Palabras -o palabrotas- más a menos, en este tenor se libraban las rencillas entre criollos y españoles que finalmente harian eclosión en 1810. Los españoles de la conquista habían cumplido ya su ciclo histórico. Habian hecho la prospección del territorio, localizaron sus más feraces comarcas, trazaran las grandes rutas troncales -que hoy todavía seguimos- y redondearon con la integración del Río de la Plata y el Alto Perú un continuo geopolítico, un espacio político completo en si mismo. Y además pusieron nombre a las casas, adaptaran su viejo estilo de vida al tipo de vida que el nuevo paisaje les exigía, mezclaron el puchero con el locro y acortaron sus espadas para convertirlas en facones. Cuando el sueño de la conquista se desvaneció Y apareció la ilusión emancipadora en el horizonte de estas vastas tierras, otros tipos humanos habían aparecido y tendían a desplazarlos.

Y los criollos se dispusieron a tomar el poder.

TEXTO DEL HISTORIADOR ARGENTINO FELIX LUNA.


sábado, 17 de mayo de 2014

Marco Avellaneda, el mártir de Metán

Crónica de la Historia

Marco Avellaneda, el mártir de Metán
DIARIO EL LITORAL DE SANTA FE http://www.ellitoral.com/

Rogelio Alaniz

La historia lo recuerda como “el mártir de Metán”. Se trata de Marco Avellaneda, ejecutado por orden del caudillo oriental al servicio de Rosas, Manuel Oribe. Metán es un pueblo que está ubicado entre Tucumán y Salta. La plaza evoca a los mártires que el 3 de octubre de 1841 fueron degollados por los gauchos mazorqueros. Sin duda, el más famoso fue Avellaneda, pero no fue el único, ni siquiera el último.



Marco Avellaneda nació en 1813 en Catamarca. Su padre, Nicolás, había sido gobernador de esa provincia pero luego las intrigas políticas lo trasladaron a él y a su familia a Tucumán. El joven Marco pudo estudiar en Buenos Aires gracias al ascendiente de su familia y las gestiones de su protector, el gobernador Alejandro Heredia, el mismo que habrá de proteger a Alberdi. Avellaneda se inscribió en el Colegio de Ciencias Morales de la Universidad de Buenos Aires y con veinte años cumplidos obtuvo el título de doctor en Jurisprudencia. Los años en Buenos Aires los dedicó al estudio y las relaciones políticas. Allí conoció a Gutiérrez, Alberdi, Sastre; es decir, a los principales exponentes de la “Generación del 37” .

De regreso a Tucumán, Avellaneda fue elegido presidente de la Sala de Representantes de la provincia. Tenía apenas veinticinco años y ya se destacaba por su oratoria y sus ambiciones. A su actividad legislativa le sumaba sus iniciativas constitucionales. En 1833, presentó un proyecto de reforma constitucional considerado uno de los más avanzados y actualizados de la época.

El destino de Avellaneda, como el de Laprida -según Borges-, eran las leyes, las sentencias y la labor de gobierno. Sin embargo el tiempo histórico que le tocó vivir le reclamó otros dones. En 1835, Juan Manuel de Rosas llegó al poder con la suma del poder público y las facultades extraordinarias. Tres años después, las conspiraciones contra su gobierno se extendieron a todo el territorio. Las disidencias políticas en un tiempo donde toda disidencia se pagaba con sangre, estaban a la orden del día. El bloqueo francés “coincidirá” con la campaña lanzada por Lavalle desde la Banda Oriental, la rebelión de los ganaderos del sur de la provincia de Buenos Aires, la conspiración de los Maza y la constitución de la “Coalición del Norte”, cuyo líder era precisamente Marco Avellaneda.

Los procesos políticos no suelen ser prolijos. Mucho menos en aquellos años. En las provincias del norte, los alineamientos nacionales estaban condicionados por las refriegas internas entre los caudillos, refriegas que se resolvieron por la vía de la traición y el crimen. En 1838, Alejandro Heredia fue asesinado en una emboscada. Rosas responsabilizará a los unitarios. Lo mismo hizo cuando Facundo Quiroga perdió la vida en Barranca Yaco. El restaurador era un maestro en aprovechar las tragedias. No hay certezas de que los unitarios tucumanos -y Avellaneda en particular- hubieran estado confabulados en el crimen, pero tampoco se podría asegurar lo contrario.

Cuando se constituyó la Liga del Norte, Marco fue el líder indiscutido. Era el más joven, el más talentoso y tal vez el más valiente. La rebelión se extendió a todo el noroeste y llegó hasta Córdoba. En sus inicios, los acontecimientos parecían darle la victoria a los rebeldes. Pronto aprenderían que el poder de Rosas era más sólido de lo que creían y, además, mucho más implacable.

En pocos meses, Juan Manuel puso en caja a los disidentes. En una sola movida ajustó cuentas con sus enemigos internos y externos. Francia levantó el bloqueo y pidió disculpas, mientras en el interior los principales focos de rebelión fueron derrotados. Castelli fue ejecutado en el sur, los Maza corrieron la misma suerte en la ciudad de Buenos Aires; Lavalle y Lamadrid fueron derrotados en Quebracho Herrado, Rodeo del Medio y Famaillá.

La batalla de Famaillá, en particular, fue decisiva. Se libró el 19 de septiembre de 1841. En ella, participó el propio Marco Avellaneda. Cuando la derrota era inevitable huyó con sus principales colaboradores. El general Lavalle le designó una escolta para protegerlo. A Marco Avellaneda lo recuerdan como un joven idealista, pero sabía muy bien la suerte que le esperaba si caía en manos de sus enemigos.

El contingente huyó hacia el norte. Su destino era Bolivia. En la estancia La Alemania, se detuvieron para descansar y abastecerse. Todo se hizo a los apurones porque sabían que las tropas de Oribe no les perdían pisada. Sin embargo, Avellaneda confiaba que podrían llegar a la frontera sin sobresaltos. No le va a durar mucho el optimismo. Esa misma noche el jefe de su escolta, Gregorio Sandoval, lo tomaba prisionero. Las promesas de una recompensa habían sido más fuertes que la lealtad. “Nunca confíes en un gaucho” le había dicho su padre. Todo en vano. El joven Marco creía que gaucho y gauchada eran la misma cosa.

El general Oribe los toma prisioneros y los juzga. Todos deberán ser ejecutados en el tiempo más breve posible. No conocemos los entretelones del juicio, pero no es arriesgado suponer que deben haber sido sumarios y arbitrarios. Los prisioneros estaban condenados a muerte antes de caer en manos de sus captores, el juicio no fue más que un trámite administrativo. Más de cien prisioneros fueron pasados por las armas en esa jornada. Días después será degollado el entregador, Gregorio Sandoval, cumpliéndose el principio de que Roma no paga traidores.

Avellaneda murió dignamente. El encargado del interrogatorio y la ejecución fue el coronel Mariano Maza, también oriental. Se dice que el propio Maza -degollador profesional- estaba impresionado por la serenidad de su víctima. Avellaneda no pidió clemencia. Se quedó de pie al lado de sus verdugos con un cigarrillo en la boca. Él mismo se acomodó el cuello de la camisa para que el verdugo procediera. Se cuenta que en algún momento, Maza intentó conversar con él. La respuesta de Marco fue tajante: “¿Se está burlando o qué? Concluya de una buena vez”.

La cabeza de Avellaneda fue llevada en una pica a la plaza de la ciudad de Tucumán para escarmiento de los unitarios. Se dice que una mujer, Fortunata García, una noche se arriesgó, recuperó la cabeza y la ocultó en el templo de San Francisco. Es lo que se dice. Hoy, Metán y Tucumán recuerdan con placas y monumentos la memoria de quien fue uno de sus más distinguidos hijos.

Avellaneda fue ejecutado, pero a su familia se le permitió seguir viaje hasta Bolivia. Marco se había casado en 1836 con Dolores Silva, de una de las familias más ricas de la región. El matrimonio tuvo cinco hijos. El mayor se llamaba Nicolás, y en 1874 será elegido presidente de la Nación. Cuando murió su padre, Nicolás tenía apenas cuatro años. Por más esfuerzos de memoria que hiciera luego, jamás podrá recuperar la imagen del padre. Un retrato pintado por Carlos Enrique Pellegrini con el rostro de su padre llegó a sus manos cuando era ministro de Sarmiento. Eso fue todo.

Unos años después, cuando por motivos diplomáticos viajó a Montevideo, asistió a una función de gala en el teatro Solís. Allí conoció de casualidad el otro rostro, el rostro del asesino de su padre: Mariano Maza. Avellaneda no fue nunca un hombre de venganzas personales, pero tampoco era hombre de olvidar. De regreso a Buenos Aires hizo referencias a lo que le tocó vivir y afirmó que para el crimen no puede haber impunidad ni amnistía. El presidente de la Nación, “el hijo del degollado” como le decían sus adversarios, escribió: “ No hacemos alianza con el crimen, no pactamos con la maldad, no proclamamos la impunidad y menos su triunfo. No queremos Marianos Maza ostentando sus manos sangrientas en los teatros de Buenos Aires”.

PRESIDENTE AVELLANEDA

AVELLANEDA:

SOLUCIONES AUSTERAS



Avellaneda fue el primer presidente que tuvo el triste privilegio de enfrentar una auténtica crisis económica. El joven país debió enfrentar la escasez del oro, la iliquidez monetaria, las quiebras
de bancos y comerciantes, la vertical baja de la lana (todavía no producía carnes ni cereales en cantidades significativas), sin contar con otras recetas que las absolutamente ineficaces del liberalismo reinante en todo el mundo. Para peor, las secuelas de la revolución mitrista de 1874 se proyectaban en una permanente conspiración de los vencidos, a los que se sumaron, curiosamente, intentes insurreccionales de grupos extranjeros imbuidos de un vago ideario bakuninista; el incendio del colegio del Salvador y de la Curia Eclesiástica (febrero de 1876) fueron episodios reveladores de la acción de estos núcleos.

Ya se sabe que Avellaneda ahorró "sobre el hambre y la sed de 2.000.000 de argentinos" para pagar puntualmente las obligaciones exteriores. Como suele ocurrir con los genios, Sarmiento era desprolijo: contrajo empréstitos en Londres como para probar el crédito que gozaba el país, pero no supo
aplicar las sumas obtenidas en actividades productivas. Y esas libras esterlinas, cuyos intereses debía pagar su sucesor, se habían dilapidado. "Los tenedores de bonos argentinos deben, a la
verdad, reposar tranquilos -afirmaba Avellaneda al abrir las sesiones del Congreso en 1876-. La República puede estar hondamente dividida en partidos internos, pero no tiene sino
un honor y una bandera".

¿Cuál fue la solución de Avellaneda para superar la crisis en este aspecto? En un discurso pronunciado ante el Club Industrial en enero de 1877 el presidente exponía el remedio que había aplicado en la emergencia: "Un sistema rígido de economía aplicado a los gastos públicos". Así se expresó en esa
oportunidad: "... El gasto público se hizo excesivo, los consumos privados fueron fastuosos y las cifras de los presupuestos en la administración pública y las estadísticas de los efectos importados se combinaron al mismo tiempo en proporciones que parecían revelar la existencia de una nación de 6.000.000 de
habitantes, cuando no tenemos siquiera la mitad. Hubo ceguera en la especulación y abuso en el crédito privado [...]. No se trata de acriminaciones vanas sino de promover reformas saludables. La primera y la última, el alfa y el omega, la que concreta todo, es un sistema rígido de economía aplicada a los
gastos públicos".

Las contenciones presupuestarias se llevaron a cabo contra viento y marea: el de hace cien años era un Estado chico y pobre. ¡ Qué le hacia una raya más al tigre ! Pero ésta era una de las caras de la solución total de la crisis : la otra era la política de conciliación de los partidos lanzada por Avellaneda a fines de 1877. Porque las crisis no suelen remontarse con medidas económicas únicamente, sino a través de planteos políticos renovadores e imaginativos.


FÉLIX LUNA

NOTA DE TATO:



La ciudad de Avellaneda, fundada el 18 de Enero de 1879, en la Provincia de Santa Fe, a instancias del Coronel Obligado, fue nominada con el nombre de este presidente, propulsor y promulgador de la Ley 817 de Inmigraciones.