Mostrando las entradas con la etiqueta ESCRITORES. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta ESCRITORES. Mostrar todas las entradas

martes, 2 de septiembre de 2014

CARLA BRUNATTI UNA PIONERA EN EL CHACO SANTAFESINO

CARLA BRUNATTI UNA PIONERA EN EL CHACO SANTAFESINO. HISTORIA NO OFICIAL






El Commendatore, Don Giusseppe Finis Terrae el 10 de noviembre de 1878, salió del puerto de Génova, Italia, conduciendo unas treinta familias, oriundas de Trento y Gorizia, un condado principesco; ambas ciudades pertenecían al Imperio Austrohúngaro (1867-1918), gobernado por la dinastía de Habsburgo, su el emperador era Francisco José I.

Dejaban la península itálica embarcados en el vapor francés “Pampa”, su destino era la Argentina.

El Commendatore Don Giuseppe, acompañaba a estas familias expulsadas por la hambruna europea, una de las primeras consecuencias de la modernidad, de la guerra y la desocupación, a buscar otras tierras y otros cielos para sobrevivir, pues, nada tenían que perder.

El viaje fue muy complicado, así lo relataron sus protagonistas en varias crónicas, porque con frecuencia el vapor “Pampa” se detenía para arreglar sus viejas maquinarias, posiblemente sería su último viaje por los mares intercontinentales y después pasaría a formar parte de la chatarrería de algún puerto desconocido.

Durante el día la tripulación se reunía en la popa del barco a mirar la inmensidad del mar, la nostalgia y la incertidumbre los deprimían pero el Commendatore organizaba enseguida una alegre reunión, presentaba algunos jóvenes con instrumentos musicales, unos tocaban el violín, otros, el acordeón y todos juntos cantaban sus canciones tradicionales.

El Commendatore, además, tenía una gran responsabilidad y un control estricto sobre los inmigrantes; pero a veces, alguno se le perdía y recorría el barco buscando a la persona ausente. Siempre era la misma: una joven muy hermosa, Carla Brunatti a quien encontraba saliendo muy contenta y sonriente de algún camarote del capitán o de los oficiales. 

Ella con una voz angelical, decía: 

- Perdone, Señor Commendatore.

Carla Brunatti, tenía su historia: era de Trento, ciudad famosa si las había en Italia; porque allí se había realizado el Concilio Ecuménico de la Iglesia Católica (1545-1563) como respuesta a la Reforma del monje agustino Martín Lutero.

Era hija única de Don Carmelo Brunatti y de Doña Anunciata. La joven Carla mantenía una relación amorosa con el obispo de Trento y este escándalo había llegado a la curia romana y a los oídos del Papa.

Inmediatamente el Papa para acallar la ola anticlerical que cubría casi toda Europa, envió a un Cardenal octogenario de su máxima confianza, su Excelencia Reverendísima Monseñor Rectus Moris, para hablar con la familia Brunatti y terminar con esa relación pecaminosa.

El Cardenal, un eximio diplomático ya retirado en los suntuosos claustros de la curia romana; con mucha prudencia y con firmeza pontificia, le propuso a la familia Brunatti que a la brevedad abandonaran Trento para evitar el escándalo que tanto mal le hacia a la Iglesia Católica Apostólica Romana la conducta de su hija Carla y como compensación el Sumo Pontífice le enviaba por su intermedio una fuerte suma de dinero para ubicarse en un nuevo lugar y cuanto más lejos de la sagrada ciudad de Trento mejor.

Don Carmelo y Doña Anunciata, que eran fieles cristianos, aceptaron sumisamente la propuesta del Cardenal y fueron a ver al Commendatore Don Giuseppe Finis Térrea que andaba juntando gente para colonizar Argentina, pagaron el viaje de buena fe y aún les quedaba una buena suma para invertir en América.

Pero a Don Carmelo y a Doña Anunciata les traía muchos dolores de cabeza su hija Carla con su vida disoluta.

Unos años antes, ellos la habían llevado a Carla a Roma para hacerla ver por los mejores médicos pero estos

después de examinarla una y otra vez, dieron su diagnostico categórico: padecía de fiebre uterina.

Resignados con este diagnóstico y renovando sus esperanzas se embarcaron con las familias trentinas que venían a colonizar Argentina.



Así, transcurrían los días, siempre con algún acontecimiento inesperado. Una mañana el vapor Pampa se detuvo y quedó al vaivén de la borrasca, entonces el Capitán Toso informó a la tripulación que el vapor no tenía más carbón, pero poseía velas y las iba a desplegar. Les pidió que rezaran a Dios para que les envíe un fuerte viento para llegar al puerto de Montevideo que estaba muy cerca.

Durante todo el día los inmigrantes hicieron una cadena de oración, junto a una imagen de la Virgen Stella Maris, patrona de los navegantes, salvo algunos muy escépticos que no se unieron a las plegarias y en cambio maldecían la hora en la que se habían embarcado en tamaña aventura.

Por la noche llegaron los vientos que inflaron las velas y al amanecer del día siguiente el vapor Pampa estaba en el puerto de Montevideo.

La tripulación se despertó y con gran alegría bailaban y cantaban diciendo: “Estamos en América”.

El Capitán dio la orden de cargar el carbón para continuar el viaje al puerto de Buenos Aires.

El 23 de diciembre de 1878 el vapor Pampa entraba a los muelles del Puerto de Buenos Aires. 

El Commendatore y todos los inmigrantes fueron recibidos por el Director de Inmigración, Gumersindo Montoya y conducidos al Asilo de los Inmigrantes. 

El edificio, visto desde afuera, no se sabía que era, pero daba frío. Redondo como un circo de tablones, con el color de barco abandonado, tenía por fondo las grúas de los muelles, lo mismo parecía una inmensa boya que un cinematógrafo arruinado. 

Adentro del edificio había un patio cuadrado y otro más chico, uno rodeado de los comedores y otro de los dormitorios. Se han visto muchos patios de miseria, pero como éste, tan frío, tan simétrico no se ha visto otro. 



En ese edificio descargaban los barcos todo lo que Europa no podía mantener, lo que arrojaban las inundaciones, los que se salvaban de los terremotos, lo que abandonaban los mares, lo que escupían los gobiernos y a los que huían de las revoluciones, todo lo que caía buscando las aguas del trabajo para salvarse de la miseria.

Acomodaron sus pertenencias que no eran muchas, esperando el destino final, la “tierra prometida”.





Al día siguiente era Nochebuena y como fervientes católicos fueron todos los inmigrantes caminando hasta la Catedral Metropolitana de la ciudad de Buenos Aires para asistir a la Misa de Nochebuena.

Después de Navidad algunos inmigrantes se escaparon furtivamente del Asilo, fueron a recorrer las calles de la ciudad de Buenos Aires en busca de pan y trabajo pero todo fue en vano, no consiguieron nada.

Mientras, el Commendatore Don Giuseppe Finis recibía una oferta del Director de Inmigración, Gumersindo Montoya, para ir a colonizar Resistencia en el Territorio del Chaco.

Los inmigrantes se sublevaron y se empacaron como mulas, lo tomaron por el cuello al Commendatore y lo hubiesen ahorcado si no intervenía valientemente Carla Brunatti.

Ella les hizo la propuesta de ir personalmente a hablar con el Director de Inmigración, para conseguir un lugar más cercano para colonizar y seguir viviendo todos juntos.

El Commendatore se hizo aun lado para salvar su integridad física y a acompañó a Carla Brunatti a la oficina del Director de Inmigración.

Los inmigrantes confiaban mucho en Carla Brunatti, pero no así sus esposas que la celaban y la odiaban a muerte.

El Director de Inmigración, un criollo gentil, accedió a la propuesta y esa misma noche la llevó a cenar a la Confitería del Molino, cuyos dueños eran italianos, a buscar una salida favorable para todos y disipar los nubarrones del abandono y desinterés; porque la Argentina había decidido modificar la política inmigratoria tradicional, cauta y selectiva, y fomentar activamente la inmigración masiva, con propaganda y pasajes subsidiados.

El Director de Inmigración, se sinceró con Carla Bruntatti y le dijo:

- Para colonizar una zona más cercana a Buenos Aires, es otro precio, que el Commendatore, se niega a pagar, porque ese dinero lo tiene que poner él y se le achica el margen de ganancia de este viaje. A los inmigrantes no les puede sacar más nada.

Entonces Carla Brunatti, le respondió:

- Mi padre trae una buena suma de dinero y además tengo mis joyas, si es necesario.

El Director de Inmigración le dijo:

- Señorita Carla, con su grata compañía en esta hermosa noche, después de cenar pasamos por un hotel y todo queda arreglado entre el Imperio Austrohúngaro y nuestro noble país que recibe con los brazos abiertos a todos los inmigrantes del mundo.

Carla Brunatti, como pionera y en un acto casi heroico aceptó la propuesta hasta sus últimas consecuencias. Una noche de placer no le iba a hacer daño a nadie. 



Así, llegaron a un acuerdo, el día de los Reyes Magos, serían todos los inmigrantes embarcados en un navío de bandera Paraguaya, éste estaba anclado en el puerto, hacía el recorrido de Asunción a Buenos Aires. En esa embarcación serían llevados hasta el puerto de Goya, Corrientes y luego trasladados al puerto de Reconquista para ir a colonizar el Chaco Austral en el norte santafesino.

Al amanecer el día de los Reyes Magos, todos los inmigrantes subieron al barco “Río Paraná”.

Fueron recibidos por su Capitán Julio Ortiz, muy gentil les dio la bienvenida y les dijo que el viaje iba a ser un paseo, que la alimentación era muy buena, el primer día les iban a servir en el almuerzo un guisado con cola de yacaré a la cacerola. (La cola de yacaré es casi un afrodisíaco, produce un hermoso sueño que nos hace olvidar las angustias). Cuando llegaran al puerto de Goya, se iban a encontrar con el paraíso.

Los inmigrantes se miraron unos a otros y se decían: “Vamos al paraíso a hacer la América”

Les dio algunas recomendaciones: que se cuidaran de las picaduras de los moquitos y de los piques.

Los inmigrantes probaron por primera vez, el tereré, bebida hecha con la maceración de la yerba mate en agua fría y algunos yuyos refrescantes, muchos inmigrantes no la pasaron muy bien.

La bella, Carla Brunatti enseguida hizo amistad con el Capitán y algunas noches las pasó en su camarote.

Cuando llegaron a Goya, los subieron a todos en una chata que se usaba para acarrear hacienda y fue tirada por el vaporcito San José hasta el puerto de Reconquista.

El 10 de enero de 1879 llegaron al puerto de Reconquista, donde improvisaron unas carpas con lo poco que traían para acampar por unos días.

Al tercer día de estar en el puerto de Reconquista vieron aparecer unas 10 carretas tiradas por bueyes, eran con dos ruedas semejantes a alzaprima, algunas con barandillas y otras no, conducidas por jinetes, blandiendo sus lanzas.

A los inmigrantes les produjo pánico el aspecto de los gauchos, pero estos se acercaron amablemente y los ayudaron a cargar todas sus cosas, luego fueron cruzando bañados, pantanos y llegaron al atardecer a Reconquista, donde fueron recibidos por el Coronel Manuel Obligado, Jefe Militar de la Frontera y por el capellán Fray Bernardo Trippini, misionero franciscano italiano.

Los alojaron en un gran galpón de la brigada el Coronel mandó a la tropa a cortar pasto para hacer de colchón para dormir.

Luego hicieron un gran asado para recibir a los inmigrantes y el aguardiente casero corrió hasta el Arroyo El Rey.



Al día siguiente algunos inmigrantes acompañados por el Coronel cruzaron el Arroyo El Rey en canoas hacia el norte y fueron a la Colonia Ausonia, (nombre tomado posiblemente de la palabra latina, ausum: empresa atrevida, acto de valor) que era el lugar asignado para construir sus viviendas y colonizar.

El lugar era similar a un fortín, rodeado por un gran zanjón para que los malones no pudieran entrar, solamente había allí tres ranchos grandes, uno habitado por una familia francesa, monsieur Dartagnan y madame Jacqueline, el segundo por una familia criolla el Negro Chávez y Doña María Ramírez y el tercero por un español Jesús Silva, soltero.

Tenían un pozo común para el agua con brocal de material, una pequeña chacra y algunas vacas.

Al final habían llegado para colonizar el Chaco Austral, que era una gran llanura en suave declive hacia el este, con escasas elevaciones y ríos divagantes que la anegaban con sus desbordes, sus grandes bosques albergaban una nutrida fauna de caza y abundaban los peces en sus esteros y lagunas.

Los habitantes originarios de tiempos inmemoriales eran los tobas y afines o guaycurúes, los abipones, los mocovíes, y los pilagaes.

El carácter nómada de la población aborigen del Chaco fue el obstáculo mayor para la conquista del territorio. Durante el período colonial español el suelo desierto no interesó a nadie. Eran demasiado extensas las zonas deshabitadas para que se buscase la tierra por la tierra misma. Sólo interesaba en cuanto entrara en función económica por el trabajo del aborigen, como ello no era posible con el nómada, la fuerza de resistencia que el Chaco opuso fincaba en ese sello de su población originaria.

A pesar de su condición nómada, el hombre del Chaco supo defender con valentía y heroísmo regando con su sangre su territorio invadido cuando vio que en todas sus fronteras naturales, estaba cercado por establecimientos de hombres civilizados que habrían impedido el paso. 

Su reacción fue natural y defensiva, siempre corrió en desventaja frente al mortal armamento de los blancos.

Desde ese instante las tribus que quedaron vecinas a los establecimientos entraron en un comercio primario de pieles, cera, miel y aprendieron en ese trato algo de agricultura. Fueron la mano de obra barata de los colonizadores.

El Gobierno envió un agrimensor, Don Carlos Perolo, para hacer el trazado de la nueva colonia, pero tuvo algunos inconvenientes porque los inmigrantes no aceptaron las 144 hectáreas que les otorgaba el Gobierno a cada familia, por considerar que eran excesivas, estaría muy aislada una familia de otra y también les iba a demandar mucho trabajo cultivarlas.

Entonces intervino el Coronel Manuel Obligado, hizo dividir las 144 hectáreas en cuatro, quedaron 36 hectáreas para cada familia.

Los inmigrantes recibieron junto con la tierra los implementos para la labranza, arados, bueyes, semillas, vacas lecheras, batería completa para la cocina, mosquiteros, rifles y municiones.

Las viviendas fueron precarios ranchos de estanteos, las puertas y ventanas de paja brava, había madera en abundancia de los bosques milenarios pero no contaban con aserradero, antes de la llegada de estos colonos hubo en la Colonia Ausonia algunos aserraderos pero fueron levantados. 



Los inmigrantes una vez tomada la posesión de su parcela, se dedicaron a cultivarla, todo transcurría dentro de la normalidad posible, siempre con el temor al malón, que nunca llegó.

Pero un mediodía se produjo un alboroto, alrededor de la administración se empezó a quemar un rancho, los colonos corrieron para apagar el fuego y gritaban: ¡”Se viene el malón”¡. Los soldados del Coronel salieron del cuartel a los tiros hacia la Colonia Ausonia, algunos cruzaron a caballo el Arroyo El Rey y otros en canoa. Cuando llegan al lugar del siniestro se encontraron con Doña María Ramírez, la esposa del Negro Chávez, llorando de angustia, ella misma le había prendido fuego a su rancho por venganza, porque su marido se había ido al monte con la señorita Carla Brunatti.

Los inmigrantes montaron en cólera, no toleraban semejante humillación: que se haya ido con un negro. Querían linchar al Negro Chávez, por haber humillado la sangre del Imperio Austrohúngaro.

El Coronel Manuel Obligado y el Capellán Fray Bernardo Trípini, apaciguaron a los colonos y buscaron una solución salomónica al caso, le dieron una canoa al Negro Chávez, quien navegó libremente por el río hacia el puerto de Reconquista rumbo a su Goya natal, y mientras se alejaba se escuchaba su sapucay lanzado al viento.

Doña María Ramírez compungida por la traición, juntó a sus hijos, montó su caballo alazán y rumbeó hacia el oeste siguiendo la línea de la frontera en busca de una toldería del cacique Mocoretá.

El Coronel preparó su tropa durante varios meses y el 29 de agosto de 1879 salió desde Reconquista con su ejército compuesto por 130 efectivos, para explorar el Chaco Austral, reconocer las aguadas y reprimir a los malones que invadían Córdoba y Santiago del Estero. 

Marcharon incansablemente durante 11 días hacia el oeste. Llegaron a Los Pozos el 8 de septiembre, luego cambiaron de rumbo, siguieron hacia el norte persiguiendo a Juan José Rojas hasta Las Chuñas. Llegaron el 12 de septiembre y combatieron con 50 infantes y 20 jinetes, mataron a 32 indígenas, tomaron a 79 de prisioneros y recuperaron 90 yeguarizos.

Luego siguieron hacia el norte pasando por Tacurú en busca de José Petizo, quien huyó dejando 110 yeguarizos. Tras cuatro arduos días llegaron al paraje Avispa Colorada, continuaron su marcha hacia Ombú y se acercaron a la naciente del río Los Amores el 25 de septiembre, donde combatieron nuevamente.

El 3 de octubre llegaron a las márgenes del Río Paraná y por las mismas bajaron hasta Reconquista. Llegaron el 12 de octubre habiendo recorrido 750 kilómetros sin alcanzar a los bravos caciques Rojas que eran tres hermanos, ni a Petizo, ni a Cambá, ni a Rico ni al Inglés. 



En la Colonia Ausonia, ya las familias estaban asentadas en sus respectivos terrenos y se preparaban para festejar un gran acontecimiento, el matrimonio del Commendatore Don Giuseppe Finis Térrea con la señorita Carla Brunatti.

Después de la boda los esposos festejaron con todos los inmigrantes, se despidieron y abandonaron la Colonia Ausonia. Regresaron a Buenos Aires para embarcarse nuevamente hacia el Imperio Austrohúngaro.

El Commendatore comisionó al colono Don Lorenzo Petrolli para redactar un acta de conformidad que todos los inmigrantes firmaron y también el Coronel Manuel Obligado, el capellán Fray Bernardo Trippini, donde constaba que se había cumplido todo lo acordado por el Gobierno con los inmigrantes.

Este documento lo presentaría al Emperador su majestad Francisco José I.

Así quedaba fundada una nueva colonia en el Chaco Austral que luego sería denominada “Presidente Nicolás Avellaneda”, en homenaje a quien promulgó la Ley 817 que permitía el ingreso al país de inmigrantes europeos

que venían a “hacer la América”. 





Rodolfo Martín Gallo Acosta

domingo, 6 de julio de 2014

Yo, Rodolfo





Por Rodolfo Walsh

Cuando chico, ese nombre no terminaba de convencerme: pensaba que no me serviría, por ejemplo, para ser presidente de la República. Mucho después descubrí que podía pronunciarse como dos yambos aliterados (1), y eso me gustó.

Nací en Choele-Choel, que quiere decir "corazón de palo". Me ha sido reprochado por varias mujeres.

Mi vocación se despertó tempranamente: a los ocho años decidí ser aviador. Por una de esas confusiones, el que la cumplió fue mi hermano. Supongo que a partir de ahí me quedé sin vocación y tuve muchos oficios. El más espectacular: limpiador de ventanas; el más humillante: lavacopas; el más burgués: comerciante de antigüedades; el más secreto: criptógrafo en Cuba.

Mi padre era mayordomo de estancia, un transculturado al que los peones mestizos de Río Negro llamaban Huelche. Tuvo tercer grado, pero sabía bolear avestruces y dejar el molde en la cancha de bochas. Su coraje físico sigue pareciéndome casi mitológico. Hablaba con los caballos. Uno lo mató, en 1947, y otro nos dejó como única herencia. Este se llamaba "Mar Negro", y marcaba dieciséis segundos en los trescientos: mucho caballo para ese campo. Pero esta ya era zona de la desgracia, provincia de Buenos Aires.

Tengo una hermana monja y dos hijas laicas.

Mi madre vivió en medio de cosas que no amaba: el campo, la pobreza. En su implacable resistencia resultó más valerosa, y durable, que mi padre. El mayor disgusto que le causo es no haber terminado mi profesorado en letras.

Mis primeros esfuerzos literarios fueron satíricos, cuartetas alusivas a maestros y celadores de sexto grado. Cuando a los diecisiete años dejé el Nacional y entré en una oficina, la inspiración seguía viva, pero había perfeccionado el método: ahora armaba sigilosos acrósticos.

La idea más perturbadora de mi adolescencia fue ese chiste idiota de Rilke: Si usted piensa que puede vivir sin escribir, no debe escribir. Mi noviazgo con una muchacha que escribía incomparablemente mejor que yo me redujo a silencio durante cinco años. Mi primer libro fueron tres novelas cortas en el género policial, del que hoy abomino. Lo hice en un mes, sin pensar en la literatura, aunque sí en la diversión y el dinero. Me callé durante cuatro años más, porque no me consideraba a la altura de nadie.

Operación masacre cambió mi vida. Haciéndola, comprendí que, además de mis perplejidades íntimas, existía un amenazante mundo exterior. Me fui a Cuba, asistí al nacimiento de un orden nuevo, contradictorio, a veces épico, a veces fastidioso. Volví, completé un nuevo silencio de seis años. En 1964 decidí que de todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía. Pero no veo en eso una determinación mística. En realidad, he sido traído y llevado por los tiempos; podría haber sido cualquier cosa, aun ahora hay momentos en que me siento disponible para cualquier aventura, para empezar de nuevo, como tantas veces. En la hipótesis de seguir escribiendo, lo que más necesito es una cuota generosa de tiempo. Soy lento, he tardado quince años en pasar del mero nacionalismo a la izquierda; lustros en aprender a armar un cuento, a sentir la respiración de un texto; sé que me falta mucho para poder decir instantáneamente lo que quiero, en su forma óptima; pienso que la literatura es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la propia estupidez.

(1) Unidad métrica compuesta por una sílaba breve (sin acento) y una larga (acentuada).
Así, habría que leer Rodólf Fowólsh.

HUNDIMIENTO DEL CRUCERO COSTA CONCORDIA

HUNDIMIENTO DEL CRUCERO
COSTA CONCORDIA



Todo era una fiesta. La cena misma del primer día de viaje. El jolgorio de la parte del pasaje que aún no cenaba, saludaba en cubierta a los lugareños de la pequeña isla italiana de Giglio, mientras sonaba la profunda sirena del barco engalanado. Todo cerca, muy cerca de la costa; demasiado peligrosa por sus rocas amenazantes y semi escondidas…. 
De pronto la nave choca con el fondo del casco, y abre una vía que hiere gravemente al navío.

Desconcierto, confusión, caos… Miles pugnan por salvarse, primero sin tomar casi conciencia, algunos bajan con sus bolsos, luego con desesperación cuando el barco se ladea y vuelca sobre sí, y hay quienes se caen, otros se tiran, otros quedan atrapados en una trampa inclinada;  unos nadan a la orilla cercana, otro se ahogan o desaparecen….

El capitán también…, o se cae cuando el barco se vuelca. Abandona el barco…

Hay quienes dicen que estaba “enfiestado”, descuidándolo.
Tenemos un culpable. Todo está bien.
Un error humano.

              Si es así la cosa, es bastante precaria. Siempre va a haber capitanes que se toman un tiempo para cenar, a veces la misma etiqueta les exige que sociabilice con el pasaje. Incluso habrá momentos que el capitán tendrá que dormir, y un día quizás un capitán se emborrache; y siempre puede haber una roca escondida que ni siquiera está en las cartas. Suele ser así.

Pero los barcos no deberían hundirse.
Al menos no tan fácil.
Del “Titánic” aprendimos que el casco se rompió contra el témpano, porque el acero de aquel tiempo era demasiado rígido, que más bien no era acero sino casi hierro fundido y se quebraba como un vidrio. Hoy los aceros de los cascos de los barcos son cien veces más resistentes.

También aprendimos que no tenía “Compartimentos estancos”, lo que evitaría que una vía inunde toda la sentina, hundiendo la nave. Desde aquella vez la ingeniería naval en grandes naves usa ese diseño a fin de evitar que el agua inunde la nave, sólo el compartimento dañado; haciendo que el resto no dañado la mantenga a flote, por más grave que sea la avería. En último caso dará el tiempo suficiente para que se haga el salvamento del pasaje sin pérdidas humanas.

Aquí vimos que el Barco toma agua por babor y luego se recuesta a estribor, lo que muestra que el agua se movió sin contención alguna de un lado para el otro, y eso tumbó la nave. Por lo que se ve no tenía compartimentos estancos de ninguna naturaleza.

Estas naves han ido creciendo en altura, como altos hoteles, manteniendo su manga, o sea su anchura, por lo que su base pasa a ser menor en relación; y podríamos concluir criteriosamente que, en consecuencia, ponen en riesgo su estabilidad. Eso lo enseñó la trágica crónica de tantos ferris del Mar del Norte, que en tiempos bastante recientes dieron vueltas de campana y se hundieron por el peso de su superestructura sumada al común sobrecarga de pasaje y automóviles. Hubo muchísimos de casos. Todos tenían en común, la relación crítica de la nave con su propia base.

El error humano es circunstancial.
Las naves deberían ser más seguras, existe la tecnología.
Y el mar es implacable.

El derrumbe del Las Torres Gemelas, demuestra que la ingeniería puede cometer excesos al avanzar a costa de mermar sus márgenes de seguridad, confiando en la alta tecnología utilizada. Se explicó que el fuego “fue demasiado”, había fundido el núcleo que sostenía cada edificio. Miles de litros de combustibles de los aviones incendiados fundieron los metales de su construcción. Cuando se construyó eran una de las maravillas del mundo. Ni el choque de cien aviones podría afectarlas. Era ineludible remarcar esto en aquel momento, ya que no muchos años antes, en el año cuarenta y cinco, un avión bimotor de bombardeo se estrelló en un piso setenta del edificio más alto de New York y provocó un incendio que provocó algunos daños en un par de pisos.

              Claro que eran del viejo cemento con acero, aún no se disponía de los avances tecnológicos, de materiales y sistemas de alta tecnología; ni la morfología, ni las estructuras de avanzada, que permiten las más audaces creaciones de hoy en día.

Barcos como gigantescos y confortables hoteles de lujo.
Edificios que llegan casi a mil metros de altura. Ligeras y audaces formas y estructuras de metales livianos, fibras, vidrios; con jardines y piscinas en el cielo, girando sobre si mismos, inclinados, desafiantes.

Pero aún grandes naves se hunden al tropezar con una roca, o modernísimos aeropuertos estallan bajo una tormenta, y torres caen como castillos de naipes por el choque de un avión; todo nos deja pasmados, como que son cosas que no deberían estar pasando…
O al menos no de este modo.

        
    
*De Celso H Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar
18/01/2012
Avellaneda, Santa Fe; Argentina.

lunes, 10 de marzo de 2014

CAFEÍNA




Sin poder dormir gracias a la cafeína de tus ojos...
Las sinfonías de tu voz se repiten y se repiten,
El alma mía se regocija en el éxtasis de oírte vivir.
No hay frío así esté desnudo en pleno invierno,
Me viste  tu mirada de con finos  terciopelos
Rayos del sol en el corazón de la noche son mi abrigo.
¡Cómo acaricia tu respiración!, llega hasta mi alma,
Oh, mujer, tus aromas de ángel me embriagan.
Manos infinitas en las que paseo dando saltos,
Mejillas rosas: jardines de mis mejores besos.
Y Morfeo busca mi cuerpo, pero estás tú y está este café
Ambos alejan a ese dios adormecido de mi habitación.
Bailas mientras tanto trayendo estrellas hasta mí,
El cielo acariciado por mi cabeza está tan cerca.
Las flores  de mis dedos siguen despiertas, acarician tu piel,
Los arroyos de mi ser y la fuente de mis labios cantan
Esa canción que no se entiende pero se sabe: el amor.
Sin poder dormir gracias a la cafeína de tus ojos...


miércoles, 8 de enero de 2014

José Hernández y su gaucho Martín Fierro




José Hernández y su gaucho Martín Fierro


JOSE HERNANDEZ

El 10 de noviembre se conmemora en nuestro país el día de la tradición, en homenaje a José Hernández, autor del Martín Fierro, quien nació en esta fecha en 1834. A continuación transcribimos una carta de Hernández al editor de la primera edición José Zoilo Miguens, donde el autor del célebre poema pone de manifiesto sus intenciones al retratar a este gaucho de las Pampas con sus arrebatos e impulsos, sus vicios y virtudes, sus preocupaciones y desencantos.

Fuente: José Hernández, Martín Fierro, estudio premilitar por Carlos Alberto Leguizamón, Editorial Kapelusz, Buenos aires, 1953.

Carta de José Hernández al editor don José Zoilo Miguens 

Querido amigo: 

Al fin me he dedicado a que mi pobre Martín Fierro, que me ha ayudado algunos momentos a alejar el fastidio de la vida de hotel, salga a conocer el mundo, y allá va acogido al amparo de su nombre.

No le niego su protección, Usted que conoce bien todos los abusos y todas las desgracias de que es víctima esa clase desheredada de nuestro país. 

Es un pobre gaucho, con todas las imperfecciones de forma que el arte tiene todavía en ellos, y con toda la falta de enlace en sus ideas, en las que no existe siempre una sucesión lógica, descubriéndose frecuentemente entre ellas, apenas una relación oculta y remota. 

Me he esforzado, sin presumir haberlo conseguido, en presentar un tipo que personificara el carácter de nuestros gauchos, concentrando el modo de ser, de sentir, de pensar y de expresarse que les es peculiar, dotándolo con todos los juegos de su imaginación llena de imágenes y de colorido, con todos los arranques de su altivez, inmoderados hasta el crimen, y con todos los impulsos y los arrebatos, hijos de una naturaleza que la educación no ha pulido y suavizado. 

Cuantos conozcan con propiedad el original, podrán juzgar si hay o no semejanza en la copia. 

Quizá la empresa habría sido para mí más fácil y de mejor éxito, si sólo me hubiera propuesto hacer reír a costa de su ignorancia, como se halla autorizado por el uso, en este género de composiciones, pero mi objeto ha sido dibujar a grandes rasgos, aunque fielmente, sus costumbres, sus trabajos, sus hábitos de vida, su índole, sus vicios y sus virtudes; ese conjunto que constituye el cuadro de su fisonomía moral, y los accidentes de su existencia llena de peligros, de inquietudes, de inseguridad, de aventuras y de agitaciones constantes. 

Y he deseado todo esto, empeñándome en imitar ese estilo abundante en metáforas, que el gaucho usa sin conocer y sin valorar, y su empleo constante de comparaciones tan extrañas como frecuentes; en copiar sus reflexiones con el sello de la originalidad que las distingue y el tinte sombrío de que jamás carecen, revelándose en ellas esa especie de filosofía propia que, sin estudiar, aprende en la misma naturaleza, en respetar la superstición y sus preocupaciones, nacidas y fomentadas por su misma ignorancia; en dibujar el orden de sus impresiones y de sus afectos, que él encumbre y disimula estudiosamente; sus desencantos, producidos por su misma condición social, y esa indolencia que le es habitual, hasta llegar a constituir una de las condiciones de su espíritu; en retratar, en fin, lo más fielmente que me fuera posible, con todas sus especialidades propias, ese tipo original de nuestras pampas, tan poco conocido por lo mismo que es difícil estudiarlo, tan erróneamente juzgado muchas veces, y que, al paso que avanzan las conquistas de la civilización, va perdiéndose casi por completo. [leer más]



GAUCHO MARTIN FIERRO

Lea la nota completa en:

http://www.elhistoriador.com.ar/documentos/organizacion_nacional/jose_hernandez_y_su....php