miércoles, 2 de septiembre de 2015
Locos, gauchos y bárbaros
Locos, gauchos y bárbaros
Fuente: Abraham Haber. Clarín Cultura y Nación,
21 de septiembre de 1972.
Según Michel Foucault, el publicitado autor de Las Palabras y
Las Cosas, la ciencia de cada época se basa sobre un sistema
inconsciente de saber que podemos denominar el a priori histórico
del conocimiento, y también episteme. Pero a su vez las etapas
históricas de la cultura occidental suponen una estructura de
escisión, una estructura dividida en dos regiones, una región de
inclusión y otra de exclusión. En la región de inclusión se
encuentra todo el saber que la episteme de cada época permite y
posibilita, mientras que en la región de exclusión se halla todo lo
que la episteme rechaza.
Foucault analiza en forma muy especial en su Historia de la
Locura en la Época Clásica la episteme que subyace en la
ciencia de la psiquiatría y la estructura de inclusión-exclusión
que implica. Para comprenderlo a fondo es necesario olvidarse de
todos los conceptos conocidos sobre la locura, puesto que han sido
formados dentro de las epistemes cuya crítica se realiza. (…) En
el Renacimiento, normalidad y locura todavía están en comunicación,
la locura es un saber. (…) La época clásica, y gran parte del
siglo XV, XVII y casi todo el siglo XVIII, impone el silencio a la
voz de la locura. Es una época que traza una estructura de
inclusión-exclusión entre el trabajo y la ociosidad. Se adjudica
valor moral al trabajo, y no solamente en los países donde la
reforma religiosa había prendido. En toda Europa se observa esa
actitud. La sociedad fundada sobre el comercio y la industria
excomulga al ocioso. En el siglo XVI aparecen decretos que ordenan el
arresto de los mendigos y el trabajo obligatorio. Los impelen a
abandonar la ciudad. En 1656 se crea el Hospital General de París.
En 1657 los arqueros del hospital salen a la caza de mendigos y los
recluyen. Con ellos son encerrados los locos. El encierro adquiere un
significado; se trata de una institución que castiga una amoralidad,
no trabajar.
El gran encierro como lo denomina Foucault, coinciden el tiempo con
las Meditaciones Metafísicas de Descartes, donde se trazó
la estructura que opone la razón a la sinrazón. Para la época, la
locura aparece como la forma empírica de la sinrazón. En el
Hospital General, los locos conviven en reclusión con licenciosos,
padres disipadores, hijos pródigos, blasfemos, hombres que buscan
destruirse, libertinos. Es así como la época clásica, dice
Foucault, dibuja “a través de tanteas confrontaciones y extrañas
complicidades, el perfil de su propia experiencia de la sinrazón”.
A partir del gran encierro, la sinrazón ya no tiene lenguaje. Desde
la zona privilegiada, la razón producirá su interpretación, de
ella, condicionada por las distintas epistemes.
La zona de exclusión es posible porque hay zona de inclusión.
Existe la sinrazón porque existe la razón. Lo incluido se afirma a
sí mismo por la exclusión. Cuando la razón excluye a la sinrazón,
creándola, no hace más que crearse a sí misma. A pesar de todo, en
algunos momentos, la sinrazón ha hecho escuchar su voz. A través
del marqués de Sade, de Goya, Nietzsche, de Van Gogh, de Antonin
Artaud. Estas voces fascinan cada vez más a la humanidad. La
sinrazón, la imaginación, el onirismo hacen sentir su presión cada
vez más fuerte. Aparentemente la humanidad occidental marcha hacia
la supresión de algunas estructuras de exclusión-inclusión.
Foucault se ampara en la filosofía de Nietzsche, y nos remite a El
origen de la Tragedia. La cultura occidental se ha olvidado de
la experiencia trágica anterior a la separación entre razón y
sinrazón. Apolo habrá de mantenerse, pero Dionisos debe volver.
Quizá la imaginación haga de mediadora para reconstruir una unidad
más allá de la razón y de la sinrazón. La agitación estudiantil
de 1968 en París tiene evidentemente causas sociales, políticas y
económicas, pero no la entenderemos del todo bien si no la
encuadramos dentro de este marco.
En la actualidad somos testigos de una forma bastante curiosa de la
estructura inclusión-exclusión. Por propia voluntad, los hippies
se excluyen a sí mismos. La reacción de los “incluidos” es
bastante curiosa. Por un lado los persiguen y los maltratan. No les
permiten elegir voluntariamente la forma de exclusión por otro lado,
los “reincluyen” mediante la creación de artículos de consumo
destinados a los “excluidos”.
En la República Argentina esa estructura siempre tuvo vigencia. La
conquista y colonización fueron posibles gracias a ella. En este
caso el gran perseguido fue el indio. En nuestro suelo la persecución
recrudece en el siglo XIX y principios del XX. Pero el gran encierro
del cual habla Foucault se convierte en el gran exterminio. Ya no se
trata de encerrar sino de eliminar. Según Manuel Bilbao, durante la
expedición al desierto, los soldados de Rosas tenían la
recomendación de matar indias jóvenes para evitar la propagación
de la raza. Había que matar vientres, según la jerga ganadera. La
expedición de Roca continúa la limpieza. Y en este punto coinciden
Rosas y Roca.
También el gaucho o aquel que fue llamado gaucho estuvo ubicado en
la zona de exclusión. Un bando de 1736 castigaba con una marca de
fuego en la espalda al gaucho que mataba ganado cimarrón sin
permiso. El Cabildo solo otorgaba permiso a los vecinos
privilegiados, a los ubicados en la zona de inclusión. En caso de
reincidencia se le aplicaba la marca en la mano y a la tercera falta
se lo ahorcaba. Con el surgimiento y desarrollo de las estancias fue
desapareciendo el ganado cimarrón; el gaucho se vio obligado a
trabajar como peón. Si no aceptaba esta situación y seguía matando
reses era un cuatrero. Después de 1810 aquellos gauchos que habían
preferido la vida independiente, fueron obligados a trabajar para las
estancias o a servir en los ejércitos. A tal efecto fueron
destinados los cuerpos de Blandengues, cuya misión consistía
precisamente en perseguirlos. Originariamente habían sido creados
para defender la campaña de los malones indios.
Rosas protegía en sus estancias a todo gaucho perseguido. Pero esta
protección imponía a los hombres obligaciones de trabajo. El gaucho
tenía que dedicarse a la ocupación del campo y vivir del fruto de
sus labores. La ociosidad, la embriaguez y el robo eran castigados
con severidad y además con el retiro de la protección, que
equivalía a devolverlos al ejército o a las cárceles. Estos hechos
tienen la virtud de recordarnos el relato que hace Foucault del gran
encierro.
En 1630 el rey de Francia, reglamenta la aplicación de las leyes
sobre los pobres. En el mismo año se publica una serie de órdenes e
instrucciones donde “se recomienda perseguir a los mendigos y
vagabundos, así como a todos aquellos que viven en la ociosidad y
que no desean trabajar a cambio de salarios razonables o los que
gastan en las tabernas todo lo que tienen”. Desocupados, vagabundos
y locos son recluidos y se les obliga a trabajar. Según Foucault no
se trata de filantropía, sino de condenación a la ociosidad.
En forma paralela a lo que dice este autor sobre los locos, podemos
afirmar: el nuevo destino del cuerpo de Blandengues en la historia de
la sinrazón señala un momento decisivo, el momento en que el gaucho
es percibido en el horizonte social de la pobreza, de la incapacidad
de trabajar, de la imposibilidad de integrarse al grupo, el momento
en que empieza a ser asimilado a los problemas de la ganadería y de
la industria.
No hay duda posible. El indio y el gaucho fueron ubicados en el
espacio de la exclusión, en el espacio de la sinrazón y, como el
loco, no tuvieron voz… La poesía gauchesca no puede ser tomada
como tal. Así como en el psicoanálisis la palabra de la sinrazón
es filtrada y reinterpretada a través de la reja construida por el
saber de la inclusión, en la poesía y la novela gauchesca la voz es
filtrada y reinterpretada por el saber oficial.
En nuestra obra maestra, el Martín Fierro, funciona la reja
de la inclusión pero en ciertos pasajes baja la guardia y la voz del
excluido se escucha con ciertas deformaciones. El viejo Vizcacha es
la voz de la zona excluida, pero como está visto a través de una
subjetividad cargada de ética oficial, aparece bajo una faz
negativa, como una conducta corrompida. Pero en determinado momento
el autor y también el lector se ponen del lado del fugitivo en
contra de la partida. Sin embargo, si se analiza bien el poema, se
notará que siempre prevalece la ética originaria en la zona de
inclusión.
La estructura inclusión-exclusión se hace muy visible en el
Facundo, de Sarmiento. “Civilización y Barbarie”. Sin
embargo, Sarmiento no puede evitar que Quiroga adquiera a través de
su libro caracteres legendarios y junto con el gaucho malo, el
rastreador, el baqueano y el cantor se constituyan en una de las
imágenes más logradas de la litera nacional.
¿Será aventurado afirmar que una literatura auténtica en nuestro
país y en América es aquella que no intente filtrar ni enmascarar
la voz que viene desde las profundidades de las zonas excluidas?
¿Interpretamos correctamente a Facundo?, ¿es únicamente un
bárbaro?, ¿o también el impulso telúrico que lo arrolla, lo
estremece y lo convierte en una cuerda tensa por la pasión y la vid?
¿Cuál es el auténtico sentido de la figura literaria de Facundo
dentro de nuestra problemática cultural?
Fuente: www.elhistoriador.com.ar
domingo, 30 de agosto de 2015
Cuando el libro era una amenaza
Cuando el libro era una amenaza
Al inventar Gutenberg la imprenta en el siglo XV no pocas
voces se alzaron contra los peligros de que un técnico potenciara la democratización del
conocimiento, una sospecha que de alguna manera -aunque con sustanciales variaciones- se
cierne hoy también sobre la web.
“Jamás se han visto tales desmanes entre los estudiantes y todo
ello es debido a los malditos inventos modernos que echan todo a perder (...) sobre todo
la imprenta, esa peste llegada de Alemania. Ya no se hacen libros ni manuscritos, la
imprenta hunde a la librería. Esto es el fin del mundo”, ponía en boca de uno de
sus personajes Víctor Hugo en “Nuestra Señora de París” (1831).
La sensación de amenaza por el cambio no es nueva y los argumentos que
se dieron entonces no distan mucho de los que se esgrimen ahora contra el rumbo incierto
que las nuevas tecnologías de la información reservan a la industria editorial, a los
medios de comunicación y a la industria del entretenimiento.
Hieronimo Squarciafico, en 1477, aseguró que “la abundancia de
libros hace menos estudiosos a los hombres”. En diciembre de 2008, la Universidad de
Columbia publicaba en su revista Journalism Review” un artículo titulado “¡Sobrecarga!
La batalla del periodismo por la relevancia en una época de demasiada información”
y aseguraba que la abundancia de recursos crea insatisfacción y pasividad.
José Manuel Trabado Cabado, desde la Universidad de León, afirma en
su estudio “Saturación informativa y los nuevos cronotopos de lectura” que el
sistema de hipertextos -los enlaces de la web- “amenaza con no dejarnos regresar
nunca, prometiéndonos maravillas aquí y allá y tesoros camuflados en selvas demasiado
grandes para los mapas del hombre”.
En esa búsqueda en la llamada “Sociedad del Conocimiento”,
muchos usuarios de la web, no obstante, se pierden, se enganchan y acaban siendo
considerados “netadictos”. Pero esta gula internauta también tiene su
paralelismo.
“La curiosidad de Bencio es insaciable, es orgullo del intelecto,
un medio como cualquier de los otros de que dispone un monje para transformar y calmar los
deseos de su carne”, escribía Umberto Eco en “El nombre de la Rosa”
(1980), novela en la que trazaba una intriga medieval alrededor de la gestión censora del
conocimiento por parte de unos monjes italianos.
Y es que el argumento de que el lector -igual que el internauta- puede
enfrentarse a infinidad de temas sin un criterio de búsqueda o sin guía moral, también
es algo que han compartido la democratización del libro y la extensión de Internet. Sin
embargo, hoy nadie sospecha de una inmensa biblioteca y nadie discute el papel cultural
fundamental del libro. ¿Sucederá lo mismo en el presumible caso de que la web y los
derechos de autor se pongan de acuerdo para poner a disposición del navegante todas las
obras editadas?
Desde la perspectiva empresarial, el nuevo invento allá por 1450
también convertía en caduco a todo un oficio, el de los escribas, cuya tarea de veinte
años quedaba automatizada por los tipos móviles de Gutenberg. Hoy se ven amenazados
también diversas ramas laborales. Los intermediarios, como igualmente refleja “El
nombre de la Rosa”, tenían un papel fundamental también en la religión, una de las
principales afectadas por el nuevo invento al poner las Sagradas Escrituras al alcance de
todo el mundo.
No en vano, la Biblia de 42 líneas de Gutenberg inició “la edad
de la imprenta” y en su época, muchos consideraron la novedad como un invento
protestante, aunque pronto el Papa de Roma se encargó de utilizarla también como
instrumento de difusión católica.
“Antes de la imprenta, la Reforma no hubiera sido más que un
cisma, pero la imprenta la convierte en revolución. Suprimid la prensa y la herejía
quedará abatida. Fatal o providencial, Gutenberg es el precursor de Lutero”,
escribía de nuevo Víctor Hugo también en “Nuestra Señora de París”.
Pero el propio autor de “Los miserables” reflexionaba en el
capítulo “Esto matará aquéllo” de la obra protagonizada por el campanero
Quasimodo sobre cómo, además del gremio editorial y el religioso, la democratización
del libro se llevaba por delante una víctima colateral: la arquitectura.
“Desde la más remota pagoda del Indostán hasta la catedral de
Colonia, la arquitectura ha representado la escritura del género humano. Y esto es tan
cierto que no sólo cualquier pensamiento religioso sino cualquier pensamiento humano
tienen en este inmenso libro su página y su monumento”.
“El pensamiento humano descubre (ahora) un medio de perpetuarse no
sólo más duradero y más resistente que la arquitectura, sino también más fácil y
más sencillo. La arquitectura queda destronada. A las letras de piedra de Orfeo van a
suceder las letras de plomo de Gutenberg”, reflexionaba Hugo.
Muchas voces se alzaron para denunciar el peligro que significaba la
democratización de la cultura libresca que sobrevendría con el advenimiento de la
imprenta, en el siglo XV.
martes, 25 de agosto de 2015
NO LLORES POR MI, ARGENTINA
Tu amor te espera
no esperes más.
En qué perdiste tanto tiempo?
Indecisa al hablar
tan dura como Humpfrey Bogart
Entre lujurias y represión
bailaste los discos de moda
y era tu diversión
burlarte de los ilusionistas.
No llores por las heridas
que no paran de sangrar.
No llores por mí, Argentina
te quiero cada días más.
Estás enferma de frustración
y en tu locura no hay acuerdo.
Una hiena al reír
pero al almuerzo con los cerdos.
Si las estrellas de cabaret
se ríen de tus movimientos
no es preciso mentir lo negro que hay en tus pensamientos
No llores por las heridas
que no paran de sangrar.
No llores por mí, Argentina
te quiero cada días más.
Alguien se quiere ir.
Alguien quiere volver
alguien que está atrapado en el medio de un recuerdo.
Esto yo ya lo ví
esto ya lo escuché
ella no quiere ser amiga de un chico de este pueblo.
SERU GIRAN - 1995
lunes, 24 de agosto de 2015
Un camino
del blog http://lorevio.blogspot.com.ar/
¿Qué pasó que la luna
que alumbró tantas cosas
hoy está casi muda
y se pierde en las horas?
¿Qué pasó con tus ojos
Amor mío, escucha
que quedaron ausentes
sin su fe y en la lucha?
Yo calmé tantas veces
tus pupilas a oscuras
y entendí tu locura
porque nunca te alejes.
¿Qué pasó con tu canto
y mis manos cansadas
de buscar sin medida
tanta luz y esperanza?
¿Te cegó la espesura?
¡Amor mío… Responde!
¿Dónde habré de buscarte
si tu rostro me escondes?
Yo he cruzado mil mares
y he vencido tormentos,
yo creído en el tiempo
y en la vida que traes
Mil promesas me hiciste
una noche de enero
sin embargo el invierno
ha invadido mi casa.
Me besaste la boca
con tu miel de respeto
y también abusaste
de mi fe y tu derecho…
se perdió en las palabras
pronunciadas a solas,
yo bebí la demora
por creer que te dabas.
Mi inocencia heriste
y hoy reclamas mi entrega
y no encuentro manera
ya de verte con vida…
He pateado las piedras
por buscar un camino,
un camino que niegas
por no estar ya conmigo.
Lorena Fernandez
sábado, 16 de mayo de 2015
La canción que me recuerda a alguien que ya no está
#SábadoDeMúsica La canción que me recuerda a alguien que ya no está
2015/05/16 por danioska
Llega otro sábado y, con él, la Playlist colectiva. Gracias a todos los que sugirieron temas que les son queridos y sin falta les recuerdan a alguien que ya no está en su vida, por cualquier razón. Algunos contaron a quién les evoca (en muchos casos son mamás y papás o hasta abuelos que se fueron, pero también hay amigos y exparejas). Otros se guardaron la información. No importa, el asunto es hacer honor a temas que nos ponen a conversar con fantasmas.
En mi caso, la canción con la que no puedo evitar acordarme de mi papá (que ya canta en otra dimensión) es una viejita: Mi viejo, del argentino Piero. Y es que mi papá no sólo era un buen tipo, un tipo adorable, sino también porque cuando él la oía, a su vez se acordaba de su papá y los ojos se le ponían brillosos. Así que desde aquí va esta lista hecha entre todos, para nuestros fantasmas entrañables.
Aquí, Mi viejo.
Da click en cada enlace para oír la canción correspondiente
sábado, 6 de septiembre de 2014
PARA SABER QUIENES SOMOS 5
PARA SABER QUIÉNES SOMOS.
OBREROS
Vinieron, pues, los inmigrantes. Las fotografias de la época nos los muestran en el Hotel de Inmigrantes, sentados ante largas mesas, esperando para salir y desparramarse por los cuatro rumbos. Rusos con vastas barbas, italianos de amplios bigotazos, españoles pelsdos al rape... Entre otras cosas, serían la mano de obra barata y laboriosa para las industrias que emergían de la Política liberal, sustentada sobre la producción agrícola y ganadera enviada a Europa en cambio de las manufacturas y los combustibles que precisábamos.
Esas industrias argentinas -de la alimentación, del cuero, casi subproductos de la actividad agropecuaria- tenían una dimensión vrtualmente artesanal y una estructura familiar.
Pero los que en ellas trabajaban se diferenciaban netamente de los que ganaban la vida arrendando chacras o como auxiliares del comercio. Los obreros, casi todos extranjeros, veían un rostro muy distinto de ese país al que hablan llegado como quien llega a la otra orilla del río. Vivían en inquilinatos, no tenían ninguna protección frente a la arbitrariedad patronal, el sueño de la América les tardaba en llegar. Y sin embargo no resultó fácil a los anarquistas y socialistas infundirles una mínima solidaridad gremial. Fue una tarea larga y tempestuosa.
Le FORA, con sus tunantes dirigentes anarco-sindicalistas, llevó una lucha dura y violenta en la primera década del siglo. Se dividió y luego, bajo el gobierno de Yrigoyen, un sector entró a cooperar con las autoridades. El anarquismo, como ideología, fue diluyéndose, y sus últimas expresiones activas se esfumaron poco después del fusilamiento de Di Giovanni, en 1931. Los sectores netamente gremiales, generalmente socialistas, se limitaban a una tarea puramente sindical; pero ya por entonces los obreros industriales no eran extranjeros. Eran hijos de los inmigrantes, Y además, a partir de 1935, empezaron a integrarse con gente del interior: con los descendientes de los conquistadores y los gauchos, que iban bajando a Buenos Aires para participar del proceso acelerado de industrialización que se iba produciendo. Cuando en 1943 Perón intentó unificar a los sindicatos alrededor de una de las dos centrales obreras existentes, no hubo mayores dificultades: se metieron presos a algunos dirigentes y se empezaron a crear nuevos sindicatos, marginando a los tradicionales en casi todos los casos. Y de estos origenes salió un movimiento obrero que enorgullece al país.
Pero si los obreros de la década del 30 eran los hijos de los inmigrantes, también eran hijos de inmigrantes muchos hombres eminentes: políticos, profesionales, intelectuales. De alguna manera el sueño de Alberdi y de Sarmiento se babia cumplido: apellidos exóticos llenaban los registros más importantes del País. Y si aquella Argentina de 1875, que sufriera el impacto de la inmigración, no se realizó del modo que apuntaba, esta otra, la de los años '30 ó '40, no parecía demasiado mala.
Finalmente, la Argentina se habia desamericanizado, era el país más europeo de América latina; tenía una vasta clase media, producto de la fluidez social apareada por la inmigracián ; un nivel de vida razonablemente bueno, un sistema político relativamente estable, sostenido -es cierto- por el fraude electoral, pero compartido por todos los Partidos. Salvo este feo detalle, todo parecía andar de la mejor manera en esa Argentina de hace cuarenta años, todavía orgullosa de si misma, firme en una individnalidad nacional que le había permitido crear un idioma propio, distinto del español, una música propia, diferente de la latinoamericena, la mejor carne del mundo, el mejor trigo, una actitud frente a la vida singular y perfectamente identificada.
Y cuando estábamos en eso, recreándonos en la perfección alcanzada en esta olla que era la Argentina, formada par los aportes más diversos pero estructurada razonable y armónicamente, vino 1945. Y los argentinos advirtieron que no todo estaba tan bien como parecía. Entramos en una etapa que para unos fue una catástrofe, para otros algo muy semejante a la felicidad y para todos, sin duda, un cambio total.
Pero hay que decirlo desde ahora: como todo cambio total, éste que empezó en 1945 tuvo un definitivo y concreto signo político.
Esas industrias argentinas -de la alimentación, del cuero, casi subproductos de la actividad agropecuaria- tenían una dimensión vrtualmente artesanal y una estructura familiar.
Hotel de los Inmigrantes
Pero los que en ellas trabajaban se diferenciaban netamente de los que ganaban la vida arrendando chacras o como auxiliares del comercio. Los obreros, casi todos extranjeros, veían un rostro muy distinto de ese país al que hablan llegado como quien llega a la otra orilla del río. Vivían en inquilinatos, no tenían ninguna protección frente a la arbitrariedad patronal, el sueño de la América les tardaba en llegar. Y sin embargo no resultó fácil a los anarquistas y socialistas infundirles una mínima solidaridad gremial. Fue una tarea larga y tempestuosa.
Le FORA, con sus tunantes dirigentes anarco-sindicalistas, llevó una lucha dura y violenta en la primera década del siglo. Se dividió y luego, bajo el gobierno de Yrigoyen, un sector entró a cooperar con las autoridades. El anarquismo, como ideología, fue diluyéndose, y sus últimas expresiones activas se esfumaron poco después del fusilamiento de Di Giovanni, en 1931. Los sectores netamente gremiales, generalmente socialistas, se limitaban a una tarea puramente sindical; pero ya por entonces los obreros industriales no eran extranjeros. Eran hijos de los inmigrantes, Y además, a partir de 1935, empezaron a integrarse con gente del interior: con los descendientes de los conquistadores y los gauchos, que iban bajando a Buenos Aires para participar del proceso acelerado de industrialización que se iba produciendo. Cuando en 1943 Perón intentó unificar a los sindicatos alrededor de una de las dos centrales obreras existentes, no hubo mayores dificultades: se metieron presos a algunos dirigentes y se empezaron a crear nuevos sindicatos, marginando a los tradicionales en casi todos los casos. Y de estos origenes salió un movimiento obrero que enorgullece al país.
Pero si los obreros de la década del 30 eran los hijos de los inmigrantes, también eran hijos de inmigrantes muchos hombres eminentes: políticos, profesionales, intelectuales. De alguna manera el sueño de Alberdi y de Sarmiento se babia cumplido: apellidos exóticos llenaban los registros más importantes del País. Y si aquella Argentina de 1875, que sufriera el impacto de la inmigración, no se realizó del modo que apuntaba, esta otra, la de los años '30 ó '40, no parecía demasiado mala.
Finalmente, la Argentina se habia desamericanizado, era el país más europeo de América latina; tenía una vasta clase media, producto de la fluidez social apareada por la inmigracián ; un nivel de vida razonablemente bueno, un sistema político relativamente estable, sostenido -es cierto- por el fraude electoral, pero compartido por todos los Partidos. Salvo este feo detalle, todo parecía andar de la mejor manera en esa Argentina de hace cuarenta años, todavía orgullosa de si misma, firme en una individnalidad nacional que le había permitido crear un idioma propio, distinto del español, una música propia, diferente de la latinoamericena, la mejor carne del mundo, el mejor trigo, una actitud frente a la vida singular y perfectamente identificada.
Y cuando estábamos en eso, recreándonos en la perfección alcanzada en esta olla que era la Argentina, formada par los aportes más diversos pero estructurada razonable y armónicamente, vino 1945. Y los argentinos advirtieron que no todo estaba tan bien como parecía. Entramos en una etapa que para unos fue una catástrofe, para otros algo muy semejante a la felicidad y para todos, sin duda, un cambio total.
Pero hay que decirlo desde ahora: como todo cambio total, éste que empezó en 1945 tuvo un definitivo y concreto signo político.
TEXTO DEL HISTORIADOR ARGENTINO FELIX LUNA.
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HISTORIA
NETAXÁT-LEQ, EL HOMBRE DE AGUA
de Flavio Dalostto / Historia Sagrada del Pueblo Qom en el País Chaqueño - Tomo 2
NETAXÁT-LEQ, EL HOMBRE DE AGUA
Yo, Netaxát-Leq, el Hombre de Agua, estando durmiendo bajo la sombra del Gran Seibo (y estaban en cogollos, las flores), me fue dada palabra de los dioses, a través del pájaro birín, el mensajero.
Y el pájaro birín me habló, y me dijo: -"Hombre de Agua: Abre tus oídos, pues es Nogüét, quién te habla".
Y me fue dada la palabra de los dioses, a través del pájaro birín, pero del Señor Nogüét, no vi su rostro. Y me dijo el birín, de parte del Señor Nogüét: -"Hombre de Agua, escucha la palabra de Tu Dueño. Me dirijo a tí, porque has sido fiel al recuerdo de Mí, Tu Señor. Muchos han olvidado Mi Palabra, pero tú has sido mi fiel sacerdote en el país chaqueño. Las multitudes de los Hijos de Qom y el resto de las gentes chaqueñas, me han olvidado, y han rendido culto a los dioses extranjeros de las iglesias fijas, que son nada, a saber: la dominación, el maltrato y el desperdicio. Pero yo, he sabido esperar el turno de la recuperación de mi recuerdo, el momento de la debilidad de mis enemigos, el tiempo de la angustia de los que lastimaron al país chaqueño con herida mortal. Y ahora, que te he encontrado, que he tejido con paciencia los días de tus antepasados, las circunstancias tu nacimiento, y los hilos de tu madurez; Ahora, que he encontrado a mi Sumo Sacerdote, me manifiesto a ti en mi inmenso poder, para recuperar a los hijos perdidos de la familia chaqueña, aquellos que ya no saben pronunciar mi nombre, porque nadie se los enseñó. A ti, te revelaré los secretos de la Religión de los Dueños, para que el Pueblo Sediento beba en Aguas Vivientes; y para que la Vida Plena se abra camino en el Chaco, como Río Poderoso y vivificador".
“Toma un palo escritor y un papel a escribir, y escribe, Hombre de Agua, las palabras verdaderas de Tu Señor; a fin que el Pueblo que habita en la Oscuridad, tenga Luz y deje de tropezar en su camino, confusamente.
“Toma mis palabras, y sé fiel al escribirlas. Escribe limpiamente con la sangre de tu corazón, pues es la Palabra de Aÿemaÿóm, la que estás escribiendo.”
Y me dijo: -"Escribe fiel y verdadero, porque de estas palabras nace la salvación de Qom y del Chaco y del Mundo. Y no hagas caso de lo que piense el resto de los humanos, pues el Payáq-Burla, ciertamente, los alentará para tratar de torcer tu camino. Y serán como incapaces de pensamiento, la nación de los estúpidos; más tú resistirás y levantarás alta mi bandera, para que la vean todas las tribus de la Tierra.”
“En el tiempo de los antiguos, todos los humanos nos conocían, y practicaban la Religión de los Dueños, es decir, de los Nogüetpí. Y de esta manera, les éramos favorecedores. Pero, cuando vinieron los tiempos de las iglesias fijas de las manos de Uropo y de Qat, que trajeron los demonios payaqpí y su rey llamado Satanáj; los hijos de Patagón y los hijos de Qom y el resto de los chaqueños, olvidaron a Nogüetpí-Lta'á, y comenzaron a servir a los dioses de los extranjeros, que son nada. Adoraron a los dioses, que son inexistentes, de las iglesias fijas (y son las iglesias que secuestraron a Jesús-Mesí, y lo clavaron a un palo y le pusieron un mortal sombrero de espinas). Y de esta manera, ya se olvidó la gente de Nosotros. Y de este modo, perdieron la guerra contra los extranjeros. Y así, se perdió el país chaqueño, completamente. Y así, los hijos de Qom se convirtieron en extranjeros en su propia Tierra, padeciendo toda clase de calamidades."
“Ahora tú, Emisario de Nosotros, siente el amor de los cuidadores del Mundo fluir en todo órgano vivo de tu cuerpo, porque agilizará tu mente y alivianará tu alma. Y anida nuestra palabra en tu corazón, igual que abrigas a un pajarito; y ciertamente, transmítela a Todos, para que nadie se pierda la oportunidad de ser nuestros amigos, y de esta manera, se salven algunos, entre la gente.”
jueves, 4 de septiembre de 2014
PARA SABER QUIENES SOMOS 4
PARA SABER QUIÉNES SOMOS.
Toda esta mezcla -indios y conquistadores, gauchos y doctores y tantos otros elementos- había producido, hacia el último tercio del sigla XIX, un proyecto de país bastante homogéneo, bastante individuado. Si nos imaginamos a la Argentina de 1875 (para fijar un año concreto) advertiremos que en ese momento ya estaban escritos algunos de las libros más influyentes e importantes de nuestra literatura: Facundo, Una excursión a los Indios Raquieles, Martín Fierro y El Matadero. En 1875 ya había concluido la última guerra exterior argentina, sus fronteras estaban virtualmente establecidas, su espacio interior ocupado en su totalidad, salvo las regiones de predominancia indigena, que tardarían muy poco en ser incorporadas al territorio útil. Se habían formado partidos politicos relativamente orgánicos y los dirigían un par de docenas de hombres con auténtica gravitación nacional. Habia comenzado la explotación racional del agro y ya se habá exportado trigo. Y crecía un movimiento industrialista en los sectores dirigentes de Buenos Aires, que luchaba por crear una conciencia de protección a las fábricas locales Y machacaba sobre la necesidsd de no aceptar un destino colectivo puramente rural.
En este hipotético año 1875, cuando cualquier observador podía pensar que en este país se daban todos los elementos necesarios para que creciera y se desarrollara según tales bases, empiezan a llegar las prineras camadas masivas de inmigrantes. Y esta circunstancia, que en años anteriores se repite en progresión geométrica, cambia la faz argentina. Le da otro sello al nuevo País.
Las hombres que dirigieron a la Argentina a partir de la caída de Rosas soñaron con poblar nuestro territorio con inmigrantes europeos. En eso no diferían Urquiza y Mitre, la Confederación y Buenos Aires. Alberdi se ilusionaba con llenar la Pampa de ingleses; Sarmiento prefería italianos y franceses.
Pero todos afirmaban que era indispensable un gran aporte europeo. Para hacer del territorio vacio un valor económico; Para trocar los rudos hábitos de la barbarie en usos urbanos y civilizados; para borrar la impronta hispánica; para desamericanizar a la Argentina y convertirla en una versión más feliz de la vieja Europa. Cada cual tenía un motivo personal, pero todos tendían a lo mismo: que vinieran muchos inmigrantes y nos enseñaran a trabajar, a respetar las instituciones, a ahorrar, a manejar máquinas, a vivir mejor.
Lo cierto es que las primeras inmigraciones, promovidas o alentadas por el Estado, dieron resultadas bastante diferentes a los previstos. En primer lagar, porque los "gringos" que llegaron no sabían trabajar la tierra en absoluto: en las primeras colonias instaladas en Santa Fe hubo que enseñarles a ordeñar, a sembrar, a atar el caballo al sulky. Además, porque en muchos cssas se trataba de verdaderas estafas a los colonos: se les entregaban suertes de tierra muy diferentes a las prometidas. Se echaba a los pobladores criollos -que podian ser perezosos pero que al menos conocían las trabajos de campo- para entregar sus tierras a suizos o italianos apampados, inútiles.
Estas experiencias negativas no arredraron a los dirigentes del país. Se sancionaron leyes privilegiando a los inmigrantes, se organizaron oficinas en Europa para reclutar colonos, se mejoraron las técnicas de colonización. Y como en esos años habia una crisis persistente en Europa, los inmigrantes empezaron a llegar, no ingleses como soñaba Alberdi ni franceses como preveía Sarmiento: gallegos a rolete, genoveses, Piamonteses. Más tarde vendrían los sicilianos y calabreses, los polacos y ucranianos, los judíos y los turcos. En veinte años la Argenina modificó su imagen, su tipo étnico, su habla popular, su indumentaria, sus hábitos alimentarios. En 1890 tenía Buenos Aires más de la mitad de la población extranjera. Y si un buen número de inmigrantes había marchado al campo, más de la mitad había quedado prendida a la vida urbana en Buenos Aires y Rosario y en todo caso no mucho más allá de la pampa húmeda.
La cosa no había sido exactamente como la habían pensado sus promotores originarios. Sarmiento, hacia 1884, en los picos más altos de la oleada inmigratoria, sintió un furor chauvinista, un temor pánico por la invación de extranjería y le afloró un furioso antisemitismo. Él, que había sido el inventor de Civilización y Barbarie y a todo lo europeo le atribuía sin más la condición de civilizado!
Pero la cosa no podía pararse ya, todo estaba preparado en el país para que los inmigrantes signieran llegando. La Argentina era, para cualquier europeo, un El Dorado. "Vamos a La Plata,/ que allí se gana mucho /con poco trabajar": esta coplita ingenua se cantaba en España hacia1886. "Toma mate, toma mate / Que en el Río de la Plata / no se toma chocolate". ¡Ah, gallegas de mi infancia ¡Avelina Varela, Amparo Novoa, Remedios Yáñez, Presentación Arnedo Jiménez, Jesusa Candosat ¡Todas cantaban canciones que habían traído de sus remotas juventudes galaicas, y en esas canciones latía la esperanza de una Argentina dorada, ubérrima, un país de sueño donde el trabajo se pagaba bien y la vida podía ser más feliz.
En este hipotético año 1875, cuando cualquier observador podía pensar que en este país se daban todos los elementos necesarios para que creciera y se desarrollara según tales bases, empiezan a llegar las prineras camadas masivas de inmigrantes. Y esta circunstancia, que en años anteriores se repite en progresión geométrica, cambia la faz argentina. Le da otro sello al nuevo País.
Las hombres que dirigieron a la Argentina a partir de la caída de Rosas soñaron con poblar nuestro territorio con inmigrantes europeos. En eso no diferían Urquiza y Mitre, la Confederación y Buenos Aires. Alberdi se ilusionaba con llenar la Pampa de ingleses; Sarmiento prefería italianos y franceses.
Pero todos afirmaban que era indispensable un gran aporte europeo. Para hacer del territorio vacio un valor económico; Para trocar los rudos hábitos de la barbarie en usos urbanos y civilizados; para borrar la impronta hispánica; para desamericanizar a la Argentina y convertirla en una versión más feliz de la vieja Europa. Cada cual tenía un motivo personal, pero todos tendían a lo mismo: que vinieran muchos inmigrantes y nos enseñaran a trabajar, a respetar las instituciones, a ahorrar, a manejar máquinas, a vivir mejor.
Lo cierto es que las primeras inmigraciones, promovidas o alentadas por el Estado, dieron resultadas bastante diferentes a los previstos. En primer lagar, porque los "gringos" que llegaron no sabían trabajar la tierra en absoluto: en las primeras colonias instaladas en Santa Fe hubo que enseñarles a ordeñar, a sembrar, a atar el caballo al sulky. Además, porque en muchos cssas se trataba de verdaderas estafas a los colonos: se les entregaban suertes de tierra muy diferentes a las prometidas. Se echaba a los pobladores criollos -que podian ser perezosos pero que al menos conocían las trabajos de campo- para entregar sus tierras a suizos o italianos apampados, inútiles.
Estas experiencias negativas no arredraron a los dirigentes del país. Se sancionaron leyes privilegiando a los inmigrantes, se organizaron oficinas en Europa para reclutar colonos, se mejoraron las técnicas de colonización. Y como en esos años habia una crisis persistente en Europa, los inmigrantes empezaron a llegar, no ingleses como soñaba Alberdi ni franceses como preveía Sarmiento: gallegos a rolete, genoveses, Piamonteses. Más tarde vendrían los sicilianos y calabreses, los polacos y ucranianos, los judíos y los turcos. En veinte años la Argenina modificó su imagen, su tipo étnico, su habla popular, su indumentaria, sus hábitos alimentarios. En 1890 tenía Buenos Aires más de la mitad de la población extranjera. Y si un buen número de inmigrantes había marchado al campo, más de la mitad había quedado prendida a la vida urbana en Buenos Aires y Rosario y en todo caso no mucho más allá de la pampa húmeda.
La cosa no había sido exactamente como la habían pensado sus promotores originarios. Sarmiento, hacia 1884, en los picos más altos de la oleada inmigratoria, sintió un furor chauvinista, un temor pánico por la invación de extranjería y le afloró un furioso antisemitismo. Él, que había sido el inventor de Civilización y Barbarie y a todo lo europeo le atribuía sin más la condición de civilizado!
Pero la cosa no podía pararse ya, todo estaba preparado en el país para que los inmigrantes signieran llegando. La Argentina era, para cualquier europeo, un El Dorado. "Vamos a La Plata,/ que allí se gana mucho /con poco trabajar": esta coplita ingenua se cantaba en España hacia1886. "Toma mate, toma mate / Que en el Río de la Plata / no se toma chocolate". ¡Ah, gallegas de mi infancia ¡Avelina Varela, Amparo Novoa, Remedios Yáñez, Presentación Arnedo Jiménez, Jesusa Candosat ¡Todas cantaban canciones que habían traído de sus remotas juventudes galaicas, y en esas canciones latía la esperanza de una Argentina dorada, ubérrima, un país de sueño donde el trabajo se pagaba bien y la vida podía ser más feliz.
TEXTO DEL HISTORIADOR ARGENTINO FELIX LUNA.
LA RAMA DE TAUAQUÍN
LA RAMA DE TAUAQUÍN ( del Tomo 1 de Historia Sagrada del Pueblo Qom en el País Chaqueño )
de Flavio Dalostto
La rama de Tauaquín florece
Mosé juntó un montón de ramas secas de Mistol que cayeron del Cielo, y llamó a todos los jefes de las tribus y de las tropas, y les dijo: -Elegid varones justos de cada una de las naciones del Pueblo de Dios, y traedlos delante de mí y de la Olla de la Voz de Dios. Un varón por cada tribu y por cada tropa.
Y eligieron las tribus y las tropas, varones justos, uno por cada fracción del Pueblo de Dios, y los enviaron delante de Mosé. Y Mosé les dijo: -Tomad cada uno de vosotros una rama seca de Mistol, y escribid sobre ella el nombre de vuestra tribu, el nombre de vuestra tropa, en la madera seca del Mistol. Tauaquín tomará también una rama seca de Mistol, a nombre de la Tribu Toba.
Y todos aquellos varones justos escogidos, uno por cada tribu y uno por cada tropa, tomaron cada uno su rama seca de Mistol, y escribieron el nombre de su tribu y de su tropa. Y cuando todos terminaron de escribir sus nombres en la madera seca, les dijo Mosé, abriendo la Olla de la Voz de Dios: -Colocad vuestras ramas dentro de esta Olla que Qad’ta’á nos dio, y mañana se verá a quien elige Qad’ta’á para Ayudante de Gobernador, y sea mi apoyo delante del Pueblo.
Entonces, todos aquellos varones pusieron sus ramas secas de Mistol, escritas con el nombre de su tribu y de su tropa, dentro de la Olla de Dios. Y después de esto, Mosé tapó la Olla, y les dijo a aquellos varones: -Orad al Nogüét, para que nos nombre un Ayudante de Gobernador.
Y así hicieron. Y no durmieron en toda la noche, porque se quedaron cuidando la Olla de Dios. Y a la mañana siguiente, cuando Mosé abrió la Olla de Dios, sacó todas las ramas de Mistol, y las repartió, a cada uno según su tribu. Y todas las ramas estaban secas, iguales, unas de otras; pero la rama de Tauaquín había brotado, fabricando hojas verdes, florecido y fructificado.
Y todos aquellos varones dijeron: -Dios ha hablado, y ha elegido a Tauaquín por ayudante de gobernador.
Y quedó Tauaquín por Ayudante de Gobernador, delante del Pueblo. Y la gente se quedó tranquila.
Y Mosé tomó la rama de Mistol florecida de Tauaquín, y la plantó en el suelo. Y he aquí que creció mucho la rama hasta transformarse en un árbol de Mistol, que creció en Tierra salina, hasta el día de hoy, por una maravilla".
martes, 2 de septiembre de 2014
CARLA BRUNATTI UNA PIONERA EN EL CHACO SANTAFESINO
CARLA BRUNATTI UNA PIONERA EN EL CHACO SANTAFESINO. HISTORIA NO OFICIAL
El Commendatore, Don Giusseppe Finis Terrae el 10 de noviembre de 1878, salió del puerto de Génova, Italia, conduciendo unas treinta familias, oriundas de Trento y Gorizia, un condado principesco; ambas ciudades pertenecían al Imperio Austrohúngaro (1867-1918), gobernado por la dinastía de Habsburgo, su el emperador era Francisco José I.
Dejaban la península itálica embarcados en el vapor francés “Pampa”, su destino era la Argentina.
El Commendatore Don Giuseppe, acompañaba a estas familias expulsadas por la hambruna europea, una de las primeras consecuencias de la modernidad, de la guerra y la desocupación, a buscar otras tierras y otros cielos para sobrevivir, pues, nada tenían que perder.
El viaje fue muy complicado, así lo relataron sus protagonistas en varias crónicas, porque con frecuencia el vapor “Pampa” se detenía para arreglar sus viejas maquinarias, posiblemente sería su último viaje por los mares intercontinentales y después pasaría a formar parte de la chatarrería de algún puerto desconocido.
Durante el día la tripulación se reunía en la popa del barco a mirar la inmensidad del mar, la nostalgia y la incertidumbre los deprimían pero el Commendatore organizaba enseguida una alegre reunión, presentaba algunos jóvenes con instrumentos musicales, unos tocaban el violín, otros, el acordeón y todos juntos cantaban sus canciones tradicionales.
El Commendatore, además, tenía una gran responsabilidad y un control estricto sobre los inmigrantes; pero a veces, alguno se le perdía y recorría el barco buscando a la persona ausente. Siempre era la misma: una joven muy hermosa, Carla Brunatti a quien encontraba saliendo muy contenta y sonriente de algún camarote del capitán o de los oficiales.
Ella con una voz angelical, decía:
- Perdone, Señor Commendatore.
Carla Brunatti, tenía su historia: era de Trento, ciudad famosa si las había en Italia; porque allí se había realizado el Concilio Ecuménico de la Iglesia Católica (1545-1563) como respuesta a la Reforma del monje agustino Martín Lutero.
Era hija única de Don Carmelo Brunatti y de Doña Anunciata. La joven Carla mantenía una relación amorosa con el obispo de Trento y este escándalo había llegado a la curia romana y a los oídos del Papa.
Inmediatamente el Papa para acallar la ola anticlerical que cubría casi toda Europa, envió a un Cardenal octogenario de su máxima confianza, su Excelencia Reverendísima Monseñor Rectus Moris, para hablar con la familia Brunatti y terminar con esa relación pecaminosa.
El Cardenal, un eximio diplomático ya retirado en los suntuosos claustros de la curia romana; con mucha prudencia y con firmeza pontificia, le propuso a la familia Brunatti que a la brevedad abandonaran Trento para evitar el escándalo que tanto mal le hacia a la Iglesia Católica Apostólica Romana la conducta de su hija Carla y como compensación el Sumo Pontífice le enviaba por su intermedio una fuerte suma de dinero para ubicarse en un nuevo lugar y cuanto más lejos de la sagrada ciudad de Trento mejor.
Don Carmelo y Doña Anunciata, que eran fieles cristianos, aceptaron sumisamente la propuesta del Cardenal y fueron a ver al Commendatore Don Giuseppe Finis Térrea que andaba juntando gente para colonizar Argentina, pagaron el viaje de buena fe y aún les quedaba una buena suma para invertir en América.
Pero a Don Carmelo y a Doña Anunciata les traía muchos dolores de cabeza su hija Carla con su vida disoluta.
Unos años antes, ellos la habían llevado a Carla a Roma para hacerla ver por los mejores médicos pero estos
después de examinarla una y otra vez, dieron su diagnostico categórico: padecía de fiebre uterina.
Resignados con este diagnóstico y renovando sus esperanzas se embarcaron con las familias trentinas que venían a colonizar Argentina.
Así, transcurrían los días, siempre con algún acontecimiento inesperado. Una mañana el vapor Pampa se detuvo y quedó al vaivén de la borrasca, entonces el Capitán Toso informó a la tripulación que el vapor no tenía más carbón, pero poseía velas y las iba a desplegar. Les pidió que rezaran a Dios para que les envíe un fuerte viento para llegar al puerto de Montevideo que estaba muy cerca.
Durante todo el día los inmigrantes hicieron una cadena de oración, junto a una imagen de la Virgen Stella Maris, patrona de los navegantes, salvo algunos muy escépticos que no se unieron a las plegarias y en cambio maldecían la hora en la que se habían embarcado en tamaña aventura.
Por la noche llegaron los vientos que inflaron las velas y al amanecer del día siguiente el vapor Pampa estaba en el puerto de Montevideo.
La tripulación se despertó y con gran alegría bailaban y cantaban diciendo: “Estamos en América”.
El Capitán dio la orden de cargar el carbón para continuar el viaje al puerto de Buenos Aires.
El 23 de diciembre de 1878 el vapor Pampa entraba a los muelles del Puerto de Buenos Aires.
El Commendatore y todos los inmigrantes fueron recibidos por el Director de Inmigración, Gumersindo Montoya y conducidos al Asilo de los Inmigrantes.
El edificio, visto desde afuera, no se sabía que era, pero daba frío. Redondo como un circo de tablones, con el color de barco abandonado, tenía por fondo las grúas de los muelles, lo mismo parecía una inmensa boya que un cinematógrafo arruinado.
Adentro del edificio había un patio cuadrado y otro más chico, uno rodeado de los comedores y otro de los dormitorios. Se han visto muchos patios de miseria, pero como éste, tan frío, tan simétrico no se ha visto otro.
En ese edificio descargaban los barcos todo lo que Europa no podía mantener, lo que arrojaban las inundaciones, los que se salvaban de los terremotos, lo que abandonaban los mares, lo que escupían los gobiernos y a los que huían de las revoluciones, todo lo que caía buscando las aguas del trabajo para salvarse de la miseria.
Acomodaron sus pertenencias que no eran muchas, esperando el destino final, la “tierra prometida”.
Al día siguiente era Nochebuena y como fervientes católicos fueron todos los inmigrantes caminando hasta la Catedral Metropolitana de la ciudad de Buenos Aires para asistir a la Misa de Nochebuena.
Después de Navidad algunos inmigrantes se escaparon furtivamente del Asilo, fueron a recorrer las calles de la ciudad de Buenos Aires en busca de pan y trabajo pero todo fue en vano, no consiguieron nada.
Mientras, el Commendatore Don Giuseppe Finis recibía una oferta del Director de Inmigración, Gumersindo Montoya, para ir a colonizar Resistencia en el Territorio del Chaco.
Los inmigrantes se sublevaron y se empacaron como mulas, lo tomaron por el cuello al Commendatore y lo hubiesen ahorcado si no intervenía valientemente Carla Brunatti.
Ella les hizo la propuesta de ir personalmente a hablar con el Director de Inmigración, para conseguir un lugar más cercano para colonizar y seguir viviendo todos juntos.
El Commendatore se hizo aun lado para salvar su integridad física y a acompañó a Carla Brunatti a la oficina del Director de Inmigración.
Los inmigrantes confiaban mucho en Carla Brunatti, pero no así sus esposas que la celaban y la odiaban a muerte.
El Director de Inmigración, un criollo gentil, accedió a la propuesta y esa misma noche la llevó a cenar a la Confitería del Molino, cuyos dueños eran italianos, a buscar una salida favorable para todos y disipar los nubarrones del abandono y desinterés; porque la Argentina había decidido modificar la política inmigratoria tradicional, cauta y selectiva, y fomentar activamente la inmigración masiva, con propaganda y pasajes subsidiados.
El Director de Inmigración, se sinceró con Carla Bruntatti y le dijo:
- Para colonizar una zona más cercana a Buenos Aires, es otro precio, que el Commendatore, se niega a pagar, porque ese dinero lo tiene que poner él y se le achica el margen de ganancia de este viaje. A los inmigrantes no les puede sacar más nada.
Entonces Carla Brunatti, le respondió:
- Mi padre trae una buena suma de dinero y además tengo mis joyas, si es necesario.
El Director de Inmigración le dijo:
- Señorita Carla, con su grata compañía en esta hermosa noche, después de cenar pasamos por un hotel y todo queda arreglado entre el Imperio Austrohúngaro y nuestro noble país que recibe con los brazos abiertos a todos los inmigrantes del mundo.
Carla Brunatti, como pionera y en un acto casi heroico aceptó la propuesta hasta sus últimas consecuencias. Una noche de placer no le iba a hacer daño a nadie.
Así, llegaron a un acuerdo, el día de los Reyes Magos, serían todos los inmigrantes embarcados en un navío de bandera Paraguaya, éste estaba anclado en el puerto, hacía el recorrido de Asunción a Buenos Aires. En esa embarcación serían llevados hasta el puerto de Goya, Corrientes y luego trasladados al puerto de Reconquista para ir a colonizar el Chaco Austral en el norte santafesino.
Al amanecer el día de los Reyes Magos, todos los inmigrantes subieron al barco “Río Paraná”.
Fueron recibidos por su Capitán Julio Ortiz, muy gentil les dio la bienvenida y les dijo que el viaje iba a ser un paseo, que la alimentación era muy buena, el primer día les iban a servir en el almuerzo un guisado con cola de yacaré a la cacerola. (La cola de yacaré es casi un afrodisíaco, produce un hermoso sueño que nos hace olvidar las angustias). Cuando llegaran al puerto de Goya, se iban a encontrar con el paraíso.
Los inmigrantes se miraron unos a otros y se decían: “Vamos al paraíso a hacer la América”
Les dio algunas recomendaciones: que se cuidaran de las picaduras de los moquitos y de los piques.
Los inmigrantes probaron por primera vez, el tereré, bebida hecha con la maceración de la yerba mate en agua fría y algunos yuyos refrescantes, muchos inmigrantes no la pasaron muy bien.
La bella, Carla Brunatti enseguida hizo amistad con el Capitán y algunas noches las pasó en su camarote.
Cuando llegaron a Goya, los subieron a todos en una chata que se usaba para acarrear hacienda y fue tirada por el vaporcito San José hasta el puerto de Reconquista.
El 10 de enero de 1879 llegaron al puerto de Reconquista, donde improvisaron unas carpas con lo poco que traían para acampar por unos días.
Al tercer día de estar en el puerto de Reconquista vieron aparecer unas 10 carretas tiradas por bueyes, eran con dos ruedas semejantes a alzaprima, algunas con barandillas y otras no, conducidas por jinetes, blandiendo sus lanzas.
A los inmigrantes les produjo pánico el aspecto de los gauchos, pero estos se acercaron amablemente y los ayudaron a cargar todas sus cosas, luego fueron cruzando bañados, pantanos y llegaron al atardecer a Reconquista, donde fueron recibidos por el Coronel Manuel Obligado, Jefe Militar de la Frontera y por el capellán Fray Bernardo Trippini, misionero franciscano italiano.
Los alojaron en un gran galpón de la brigada el Coronel mandó a la tropa a cortar pasto para hacer de colchón para dormir.
Luego hicieron un gran asado para recibir a los inmigrantes y el aguardiente casero corrió hasta el Arroyo El Rey.
Al día siguiente algunos inmigrantes acompañados por el Coronel cruzaron el Arroyo El Rey en canoas hacia el norte y fueron a la Colonia Ausonia, (nombre tomado posiblemente de la palabra latina, ausum: empresa atrevida, acto de valor) que era el lugar asignado para construir sus viviendas y colonizar.
El lugar era similar a un fortín, rodeado por un gran zanjón para que los malones no pudieran entrar, solamente había allí tres ranchos grandes, uno habitado por una familia francesa, monsieur Dartagnan y madame Jacqueline, el segundo por una familia criolla el Negro Chávez y Doña María Ramírez y el tercero por un español Jesús Silva, soltero.
Tenían un pozo común para el agua con brocal de material, una pequeña chacra y algunas vacas.
Al final habían llegado para colonizar el Chaco Austral, que era una gran llanura en suave declive hacia el este, con escasas elevaciones y ríos divagantes que la anegaban con sus desbordes, sus grandes bosques albergaban una nutrida fauna de caza y abundaban los peces en sus esteros y lagunas.
Los habitantes originarios de tiempos inmemoriales eran los tobas y afines o guaycurúes, los abipones, los mocovíes, y los pilagaes.
El carácter nómada de la población aborigen del Chaco fue el obstáculo mayor para la conquista del territorio. Durante el período colonial español el suelo desierto no interesó a nadie. Eran demasiado extensas las zonas deshabitadas para que se buscase la tierra por la tierra misma. Sólo interesaba en cuanto entrara en función económica por el trabajo del aborigen, como ello no era posible con el nómada, la fuerza de resistencia que el Chaco opuso fincaba en ese sello de su población originaria.
A pesar de su condición nómada, el hombre del Chaco supo defender con valentía y heroísmo regando con su sangre su territorio invadido cuando vio que en todas sus fronteras naturales, estaba cercado por establecimientos de hombres civilizados que habrían impedido el paso.
Su reacción fue natural y defensiva, siempre corrió en desventaja frente al mortal armamento de los blancos.
Desde ese instante las tribus que quedaron vecinas a los establecimientos entraron en un comercio primario de pieles, cera, miel y aprendieron en ese trato algo de agricultura. Fueron la mano de obra barata de los colonizadores.
El Gobierno envió un agrimensor, Don Carlos Perolo, para hacer el trazado de la nueva colonia, pero tuvo algunos inconvenientes porque los inmigrantes no aceptaron las 144 hectáreas que les otorgaba el Gobierno a cada familia, por considerar que eran excesivas, estaría muy aislada una familia de otra y también les iba a demandar mucho trabajo cultivarlas.
Entonces intervino el Coronel Manuel Obligado, hizo dividir las 144 hectáreas en cuatro, quedaron 36 hectáreas para cada familia.
Los inmigrantes recibieron junto con la tierra los implementos para la labranza, arados, bueyes, semillas, vacas lecheras, batería completa para la cocina, mosquiteros, rifles y municiones.
Las viviendas fueron precarios ranchos de estanteos, las puertas y ventanas de paja brava, había madera en abundancia de los bosques milenarios pero no contaban con aserradero, antes de la llegada de estos colonos hubo en la Colonia Ausonia algunos aserraderos pero fueron levantados.
Los inmigrantes una vez tomada la posesión de su parcela, se dedicaron a cultivarla, todo transcurría dentro de la normalidad posible, siempre con el temor al malón, que nunca llegó.
Pero un mediodía se produjo un alboroto, alrededor de la administración se empezó a quemar un rancho, los colonos corrieron para apagar el fuego y gritaban: ¡”Se viene el malón”¡. Los soldados del Coronel salieron del cuartel a los tiros hacia la Colonia Ausonia, algunos cruzaron a caballo el Arroyo El Rey y otros en canoa. Cuando llegan al lugar del siniestro se encontraron con Doña María Ramírez, la esposa del Negro Chávez, llorando de angustia, ella misma le había prendido fuego a su rancho por venganza, porque su marido se había ido al monte con la señorita Carla Brunatti.
Los inmigrantes montaron en cólera, no toleraban semejante humillación: que se haya ido con un negro. Querían linchar al Negro Chávez, por haber humillado la sangre del Imperio Austrohúngaro.
El Coronel Manuel Obligado y el Capellán Fray Bernardo Trípini, apaciguaron a los colonos y buscaron una solución salomónica al caso, le dieron una canoa al Negro Chávez, quien navegó libremente por el río hacia el puerto de Reconquista rumbo a su Goya natal, y mientras se alejaba se escuchaba su sapucay lanzado al viento.
Doña María Ramírez compungida por la traición, juntó a sus hijos, montó su caballo alazán y rumbeó hacia el oeste siguiendo la línea de la frontera en busca de una toldería del cacique Mocoretá.
El Coronel preparó su tropa durante varios meses y el 29 de agosto de 1879 salió desde Reconquista con su ejército compuesto por 130 efectivos, para explorar el Chaco Austral, reconocer las aguadas y reprimir a los malones que invadían Córdoba y Santiago del Estero.
Marcharon incansablemente durante 11 días hacia el oeste. Llegaron a Los Pozos el 8 de septiembre, luego cambiaron de rumbo, siguieron hacia el norte persiguiendo a Juan José Rojas hasta Las Chuñas. Llegaron el 12 de septiembre y combatieron con 50 infantes y 20 jinetes, mataron a 32 indígenas, tomaron a 79 de prisioneros y recuperaron 90 yeguarizos.
Luego siguieron hacia el norte pasando por Tacurú en busca de José Petizo, quien huyó dejando 110 yeguarizos. Tras cuatro arduos días llegaron al paraje Avispa Colorada, continuaron su marcha hacia Ombú y se acercaron a la naciente del río Los Amores el 25 de septiembre, donde combatieron nuevamente.
El 3 de octubre llegaron a las márgenes del Río Paraná y por las mismas bajaron hasta Reconquista. Llegaron el 12 de octubre habiendo recorrido 750 kilómetros sin alcanzar a los bravos caciques Rojas que eran tres hermanos, ni a Petizo, ni a Cambá, ni a Rico ni al Inglés.
En la Colonia Ausonia, ya las familias estaban asentadas en sus respectivos terrenos y se preparaban para festejar un gran acontecimiento, el matrimonio del Commendatore Don Giuseppe Finis Térrea con la señorita Carla Brunatti.
Después de la boda los esposos festejaron con todos los inmigrantes, se despidieron y abandonaron la Colonia Ausonia. Regresaron a Buenos Aires para embarcarse nuevamente hacia el Imperio Austrohúngaro.
El Commendatore comisionó al colono Don Lorenzo Petrolli para redactar un acta de conformidad que todos los inmigrantes firmaron y también el Coronel Manuel Obligado, el capellán Fray Bernardo Trippini, donde constaba que se había cumplido todo lo acordado por el Gobierno con los inmigrantes.
Este documento lo presentaría al Emperador su majestad Francisco José I.
Así quedaba fundada una nueva colonia en el Chaco Austral que luego sería denominada “Presidente Nicolás Avellaneda”, en homenaje a quien promulgó la Ley 817 que permitía el ingreso al país de inmigrantes europeos
que venían a “hacer la América”.
Rodolfo Martín Gallo Acosta
El Commendatore, Don Giusseppe Finis Terrae el 10 de noviembre de 1878, salió del puerto de Génova, Italia, conduciendo unas treinta familias, oriundas de Trento y Gorizia, un condado principesco; ambas ciudades pertenecían al Imperio Austrohúngaro (1867-1918), gobernado por la dinastía de Habsburgo, su el emperador era Francisco José I.
Dejaban la península itálica embarcados en el vapor francés “Pampa”, su destino era la Argentina.
El Commendatore Don Giuseppe, acompañaba a estas familias expulsadas por la hambruna europea, una de las primeras consecuencias de la modernidad, de la guerra y la desocupación, a buscar otras tierras y otros cielos para sobrevivir, pues, nada tenían que perder.
El viaje fue muy complicado, así lo relataron sus protagonistas en varias crónicas, porque con frecuencia el vapor “Pampa” se detenía para arreglar sus viejas maquinarias, posiblemente sería su último viaje por los mares intercontinentales y después pasaría a formar parte de la chatarrería de algún puerto desconocido.
Durante el día la tripulación se reunía en la popa del barco a mirar la inmensidad del mar, la nostalgia y la incertidumbre los deprimían pero el Commendatore organizaba enseguida una alegre reunión, presentaba algunos jóvenes con instrumentos musicales, unos tocaban el violín, otros, el acordeón y todos juntos cantaban sus canciones tradicionales.
El Commendatore, además, tenía una gran responsabilidad y un control estricto sobre los inmigrantes; pero a veces, alguno se le perdía y recorría el barco buscando a la persona ausente. Siempre era la misma: una joven muy hermosa, Carla Brunatti a quien encontraba saliendo muy contenta y sonriente de algún camarote del capitán o de los oficiales.
Ella con una voz angelical, decía:
- Perdone, Señor Commendatore.
Carla Brunatti, tenía su historia: era de Trento, ciudad famosa si las había en Italia; porque allí se había realizado el Concilio Ecuménico de la Iglesia Católica (1545-1563) como respuesta a la Reforma del monje agustino Martín Lutero.
Era hija única de Don Carmelo Brunatti y de Doña Anunciata. La joven Carla mantenía una relación amorosa con el obispo de Trento y este escándalo había llegado a la curia romana y a los oídos del Papa.
Inmediatamente el Papa para acallar la ola anticlerical que cubría casi toda Europa, envió a un Cardenal octogenario de su máxima confianza, su Excelencia Reverendísima Monseñor Rectus Moris, para hablar con la familia Brunatti y terminar con esa relación pecaminosa.
El Cardenal, un eximio diplomático ya retirado en los suntuosos claustros de la curia romana; con mucha prudencia y con firmeza pontificia, le propuso a la familia Brunatti que a la brevedad abandonaran Trento para evitar el escándalo que tanto mal le hacia a la Iglesia Católica Apostólica Romana la conducta de su hija Carla y como compensación el Sumo Pontífice le enviaba por su intermedio una fuerte suma de dinero para ubicarse en un nuevo lugar y cuanto más lejos de la sagrada ciudad de Trento mejor.
Don Carmelo y Doña Anunciata, que eran fieles cristianos, aceptaron sumisamente la propuesta del Cardenal y fueron a ver al Commendatore Don Giuseppe Finis Térrea que andaba juntando gente para colonizar Argentina, pagaron el viaje de buena fe y aún les quedaba una buena suma para invertir en América.
Pero a Don Carmelo y a Doña Anunciata les traía muchos dolores de cabeza su hija Carla con su vida disoluta.
Unos años antes, ellos la habían llevado a Carla a Roma para hacerla ver por los mejores médicos pero estos
después de examinarla una y otra vez, dieron su diagnostico categórico: padecía de fiebre uterina.
Resignados con este diagnóstico y renovando sus esperanzas se embarcaron con las familias trentinas que venían a colonizar Argentina.
Así, transcurrían los días, siempre con algún acontecimiento inesperado. Una mañana el vapor Pampa se detuvo y quedó al vaivén de la borrasca, entonces el Capitán Toso informó a la tripulación que el vapor no tenía más carbón, pero poseía velas y las iba a desplegar. Les pidió que rezaran a Dios para que les envíe un fuerte viento para llegar al puerto de Montevideo que estaba muy cerca.
Durante todo el día los inmigrantes hicieron una cadena de oración, junto a una imagen de la Virgen Stella Maris, patrona de los navegantes, salvo algunos muy escépticos que no se unieron a las plegarias y en cambio maldecían la hora en la que se habían embarcado en tamaña aventura.
Por la noche llegaron los vientos que inflaron las velas y al amanecer del día siguiente el vapor Pampa estaba en el puerto de Montevideo.
La tripulación se despertó y con gran alegría bailaban y cantaban diciendo: “Estamos en América”.
El Capitán dio la orden de cargar el carbón para continuar el viaje al puerto de Buenos Aires.
El 23 de diciembre de 1878 el vapor Pampa entraba a los muelles del Puerto de Buenos Aires.
El Commendatore y todos los inmigrantes fueron recibidos por el Director de Inmigración, Gumersindo Montoya y conducidos al Asilo de los Inmigrantes.
El edificio, visto desde afuera, no se sabía que era, pero daba frío. Redondo como un circo de tablones, con el color de barco abandonado, tenía por fondo las grúas de los muelles, lo mismo parecía una inmensa boya que un cinematógrafo arruinado.
Adentro del edificio había un patio cuadrado y otro más chico, uno rodeado de los comedores y otro de los dormitorios. Se han visto muchos patios de miseria, pero como éste, tan frío, tan simétrico no se ha visto otro.
En ese edificio descargaban los barcos todo lo que Europa no podía mantener, lo que arrojaban las inundaciones, los que se salvaban de los terremotos, lo que abandonaban los mares, lo que escupían los gobiernos y a los que huían de las revoluciones, todo lo que caía buscando las aguas del trabajo para salvarse de la miseria.
Acomodaron sus pertenencias que no eran muchas, esperando el destino final, la “tierra prometida”.
Al día siguiente era Nochebuena y como fervientes católicos fueron todos los inmigrantes caminando hasta la Catedral Metropolitana de la ciudad de Buenos Aires para asistir a la Misa de Nochebuena.
Después de Navidad algunos inmigrantes se escaparon furtivamente del Asilo, fueron a recorrer las calles de la ciudad de Buenos Aires en busca de pan y trabajo pero todo fue en vano, no consiguieron nada.
Mientras, el Commendatore Don Giuseppe Finis recibía una oferta del Director de Inmigración, Gumersindo Montoya, para ir a colonizar Resistencia en el Territorio del Chaco.
Los inmigrantes se sublevaron y se empacaron como mulas, lo tomaron por el cuello al Commendatore y lo hubiesen ahorcado si no intervenía valientemente Carla Brunatti.
Ella les hizo la propuesta de ir personalmente a hablar con el Director de Inmigración, para conseguir un lugar más cercano para colonizar y seguir viviendo todos juntos.
El Commendatore se hizo aun lado para salvar su integridad física y a acompañó a Carla Brunatti a la oficina del Director de Inmigración.
Los inmigrantes confiaban mucho en Carla Brunatti, pero no así sus esposas que la celaban y la odiaban a muerte.
El Director de Inmigración, un criollo gentil, accedió a la propuesta y esa misma noche la llevó a cenar a la Confitería del Molino, cuyos dueños eran italianos, a buscar una salida favorable para todos y disipar los nubarrones del abandono y desinterés; porque la Argentina había decidido modificar la política inmigratoria tradicional, cauta y selectiva, y fomentar activamente la inmigración masiva, con propaganda y pasajes subsidiados.
El Director de Inmigración, se sinceró con Carla Bruntatti y le dijo:
- Para colonizar una zona más cercana a Buenos Aires, es otro precio, que el Commendatore, se niega a pagar, porque ese dinero lo tiene que poner él y se le achica el margen de ganancia de este viaje. A los inmigrantes no les puede sacar más nada.
Entonces Carla Brunatti, le respondió:
- Mi padre trae una buena suma de dinero y además tengo mis joyas, si es necesario.
El Director de Inmigración le dijo:
- Señorita Carla, con su grata compañía en esta hermosa noche, después de cenar pasamos por un hotel y todo queda arreglado entre el Imperio Austrohúngaro y nuestro noble país que recibe con los brazos abiertos a todos los inmigrantes del mundo.
Carla Brunatti, como pionera y en un acto casi heroico aceptó la propuesta hasta sus últimas consecuencias. Una noche de placer no le iba a hacer daño a nadie.
Así, llegaron a un acuerdo, el día de los Reyes Magos, serían todos los inmigrantes embarcados en un navío de bandera Paraguaya, éste estaba anclado en el puerto, hacía el recorrido de Asunción a Buenos Aires. En esa embarcación serían llevados hasta el puerto de Goya, Corrientes y luego trasladados al puerto de Reconquista para ir a colonizar el Chaco Austral en el norte santafesino.
Al amanecer el día de los Reyes Magos, todos los inmigrantes subieron al barco “Río Paraná”.
Fueron recibidos por su Capitán Julio Ortiz, muy gentil les dio la bienvenida y les dijo que el viaje iba a ser un paseo, que la alimentación era muy buena, el primer día les iban a servir en el almuerzo un guisado con cola de yacaré a la cacerola. (La cola de yacaré es casi un afrodisíaco, produce un hermoso sueño que nos hace olvidar las angustias). Cuando llegaran al puerto de Goya, se iban a encontrar con el paraíso.
Los inmigrantes se miraron unos a otros y se decían: “Vamos al paraíso a hacer la América”
Les dio algunas recomendaciones: que se cuidaran de las picaduras de los moquitos y de los piques.
Los inmigrantes probaron por primera vez, el tereré, bebida hecha con la maceración de la yerba mate en agua fría y algunos yuyos refrescantes, muchos inmigrantes no la pasaron muy bien.
La bella, Carla Brunatti enseguida hizo amistad con el Capitán y algunas noches las pasó en su camarote.
Cuando llegaron a Goya, los subieron a todos en una chata que se usaba para acarrear hacienda y fue tirada por el vaporcito San José hasta el puerto de Reconquista.
El 10 de enero de 1879 llegaron al puerto de Reconquista, donde improvisaron unas carpas con lo poco que traían para acampar por unos días.
Al tercer día de estar en el puerto de Reconquista vieron aparecer unas 10 carretas tiradas por bueyes, eran con dos ruedas semejantes a alzaprima, algunas con barandillas y otras no, conducidas por jinetes, blandiendo sus lanzas.
A los inmigrantes les produjo pánico el aspecto de los gauchos, pero estos se acercaron amablemente y los ayudaron a cargar todas sus cosas, luego fueron cruzando bañados, pantanos y llegaron al atardecer a Reconquista, donde fueron recibidos por el Coronel Manuel Obligado, Jefe Militar de la Frontera y por el capellán Fray Bernardo Trippini, misionero franciscano italiano.
Los alojaron en un gran galpón de la brigada el Coronel mandó a la tropa a cortar pasto para hacer de colchón para dormir.
Luego hicieron un gran asado para recibir a los inmigrantes y el aguardiente casero corrió hasta el Arroyo El Rey.
Al día siguiente algunos inmigrantes acompañados por el Coronel cruzaron el Arroyo El Rey en canoas hacia el norte y fueron a la Colonia Ausonia, (nombre tomado posiblemente de la palabra latina, ausum: empresa atrevida, acto de valor) que era el lugar asignado para construir sus viviendas y colonizar.
El lugar era similar a un fortín, rodeado por un gran zanjón para que los malones no pudieran entrar, solamente había allí tres ranchos grandes, uno habitado por una familia francesa, monsieur Dartagnan y madame Jacqueline, el segundo por una familia criolla el Negro Chávez y Doña María Ramírez y el tercero por un español Jesús Silva, soltero.
Tenían un pozo común para el agua con brocal de material, una pequeña chacra y algunas vacas.
Al final habían llegado para colonizar el Chaco Austral, que era una gran llanura en suave declive hacia el este, con escasas elevaciones y ríos divagantes que la anegaban con sus desbordes, sus grandes bosques albergaban una nutrida fauna de caza y abundaban los peces en sus esteros y lagunas.
Los habitantes originarios de tiempos inmemoriales eran los tobas y afines o guaycurúes, los abipones, los mocovíes, y los pilagaes.
El carácter nómada de la población aborigen del Chaco fue el obstáculo mayor para la conquista del territorio. Durante el período colonial español el suelo desierto no interesó a nadie. Eran demasiado extensas las zonas deshabitadas para que se buscase la tierra por la tierra misma. Sólo interesaba en cuanto entrara en función económica por el trabajo del aborigen, como ello no era posible con el nómada, la fuerza de resistencia que el Chaco opuso fincaba en ese sello de su población originaria.
A pesar de su condición nómada, el hombre del Chaco supo defender con valentía y heroísmo regando con su sangre su territorio invadido cuando vio que en todas sus fronteras naturales, estaba cercado por establecimientos de hombres civilizados que habrían impedido el paso.
Su reacción fue natural y defensiva, siempre corrió en desventaja frente al mortal armamento de los blancos.
Desde ese instante las tribus que quedaron vecinas a los establecimientos entraron en un comercio primario de pieles, cera, miel y aprendieron en ese trato algo de agricultura. Fueron la mano de obra barata de los colonizadores.
El Gobierno envió un agrimensor, Don Carlos Perolo, para hacer el trazado de la nueva colonia, pero tuvo algunos inconvenientes porque los inmigrantes no aceptaron las 144 hectáreas que les otorgaba el Gobierno a cada familia, por considerar que eran excesivas, estaría muy aislada una familia de otra y también les iba a demandar mucho trabajo cultivarlas.
Entonces intervino el Coronel Manuel Obligado, hizo dividir las 144 hectáreas en cuatro, quedaron 36 hectáreas para cada familia.
Los inmigrantes recibieron junto con la tierra los implementos para la labranza, arados, bueyes, semillas, vacas lecheras, batería completa para la cocina, mosquiteros, rifles y municiones.
Las viviendas fueron precarios ranchos de estanteos, las puertas y ventanas de paja brava, había madera en abundancia de los bosques milenarios pero no contaban con aserradero, antes de la llegada de estos colonos hubo en la Colonia Ausonia algunos aserraderos pero fueron levantados.
Los inmigrantes una vez tomada la posesión de su parcela, se dedicaron a cultivarla, todo transcurría dentro de la normalidad posible, siempre con el temor al malón, que nunca llegó.
Pero un mediodía se produjo un alboroto, alrededor de la administración se empezó a quemar un rancho, los colonos corrieron para apagar el fuego y gritaban: ¡”Se viene el malón”¡. Los soldados del Coronel salieron del cuartel a los tiros hacia la Colonia Ausonia, algunos cruzaron a caballo el Arroyo El Rey y otros en canoa. Cuando llegan al lugar del siniestro se encontraron con Doña María Ramírez, la esposa del Negro Chávez, llorando de angustia, ella misma le había prendido fuego a su rancho por venganza, porque su marido se había ido al monte con la señorita Carla Brunatti.
Los inmigrantes montaron en cólera, no toleraban semejante humillación: que se haya ido con un negro. Querían linchar al Negro Chávez, por haber humillado la sangre del Imperio Austrohúngaro.
El Coronel Manuel Obligado y el Capellán Fray Bernardo Trípini, apaciguaron a los colonos y buscaron una solución salomónica al caso, le dieron una canoa al Negro Chávez, quien navegó libremente por el río hacia el puerto de Reconquista rumbo a su Goya natal, y mientras se alejaba se escuchaba su sapucay lanzado al viento.
Doña María Ramírez compungida por la traición, juntó a sus hijos, montó su caballo alazán y rumbeó hacia el oeste siguiendo la línea de la frontera en busca de una toldería del cacique Mocoretá.
El Coronel preparó su tropa durante varios meses y el 29 de agosto de 1879 salió desde Reconquista con su ejército compuesto por 130 efectivos, para explorar el Chaco Austral, reconocer las aguadas y reprimir a los malones que invadían Córdoba y Santiago del Estero.
Marcharon incansablemente durante 11 días hacia el oeste. Llegaron a Los Pozos el 8 de septiembre, luego cambiaron de rumbo, siguieron hacia el norte persiguiendo a Juan José Rojas hasta Las Chuñas. Llegaron el 12 de septiembre y combatieron con 50 infantes y 20 jinetes, mataron a 32 indígenas, tomaron a 79 de prisioneros y recuperaron 90 yeguarizos.
Luego siguieron hacia el norte pasando por Tacurú en busca de José Petizo, quien huyó dejando 110 yeguarizos. Tras cuatro arduos días llegaron al paraje Avispa Colorada, continuaron su marcha hacia Ombú y se acercaron a la naciente del río Los Amores el 25 de septiembre, donde combatieron nuevamente.
El 3 de octubre llegaron a las márgenes del Río Paraná y por las mismas bajaron hasta Reconquista. Llegaron el 12 de octubre habiendo recorrido 750 kilómetros sin alcanzar a los bravos caciques Rojas que eran tres hermanos, ni a Petizo, ni a Cambá, ni a Rico ni al Inglés.
En la Colonia Ausonia, ya las familias estaban asentadas en sus respectivos terrenos y se preparaban para festejar un gran acontecimiento, el matrimonio del Commendatore Don Giuseppe Finis Térrea con la señorita Carla Brunatti.
Después de la boda los esposos festejaron con todos los inmigrantes, se despidieron y abandonaron la Colonia Ausonia. Regresaron a Buenos Aires para embarcarse nuevamente hacia el Imperio Austrohúngaro.
El Commendatore comisionó al colono Don Lorenzo Petrolli para redactar un acta de conformidad que todos los inmigrantes firmaron y también el Coronel Manuel Obligado, el capellán Fray Bernardo Trippini, donde constaba que se había cumplido todo lo acordado por el Gobierno con los inmigrantes.
Este documento lo presentaría al Emperador su majestad Francisco José I.
Así quedaba fundada una nueva colonia en el Chaco Austral que luego sería denominada “Presidente Nicolás Avellaneda”, en homenaje a quien promulgó la Ley 817 que permitía el ingreso al país de inmigrantes europeos
que venían a “hacer la América”.
Rodolfo Martín Gallo Acosta
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